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La UIF y los lentes prestados de Estados Unidos

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La inteligencia financiera mexicana parece activarse con más claridad cuando Washington prende las alarmas. El problema no es solo lo que se congela, sino lo que antes no se quiso mirar.

Parece que a la UIF le mandaron lentes nuevos desde Estados Unidos. De esos con graduación premium, filtro anticorrupción y visión nocturna para detectar cuentas, empresas, políticos y presuntas redes criminales que antes parecían invisibles.

Porque ahora sí: congelamiento de cuentas, investigaciones, nombres bajo revisión y señales de que el dinero sospechoso empieza a moverse menos libremente. Y eso, en principio, es positivo. La Unidad de Inteligencia Financiera está para eso: seguir el dinero, detectar operaciones irregulares y frenar recursos que puedan estar conectados con corrupción, extorsión, lavado o crimen organizado.

Pero el problema no es que la UIF actúe. El problema es cuándo actúa.

Porque resulta curioso que muchas alarmas se prendan justo cuando Estados Unidos empieza a presionar, sancionar o señalar. Ahí es cuando el aparato mexicano parece recuperar la vista. Como si antes todo estuviera borroso y de pronto, con una llamadita desde Washington, apareciera la imagen en 4K.

Durante años, la UIF fue presentada como el gran radar financiero del nuevo régimen. Con Santiago Nieto, se vendía como una herramienta implacable contra la corrupción. Con Pablo Gómez, como una institución alineada al combate del dinero sucio. Pero viendo lo que hoy empieza a salir, la pregunta es inevitable: ¿de verdad no veían o simplemente no querían enfocar?

Porque una cosa es investigar adversarios políticos, empresarios incómodos o expedientes convenientes. Otra muy distinta es seguir el dinero cuando puede tocar redes cercanas, gobiernos locales, funcionarios, operadores políticos o estructuras que han convivido demasiado tiempo con el poder.

Ahí es donde se mide la independencia real de una institución.

Congelar cuentas no significa declarar culpables. Eso debe quedar claro. La UIF no es tribunal, no dicta sentencias y no sustituye al Ministerio Público ni a los jueces. Pero sí funciona como una alarma. Y cuando esa alarma suena tarde, después de que el escándalo ya explotó fuera del país, deja una duda muy seria: ¿México está investigando por convicción o por presión?

La crítica de fondo es esa. No podemos presumir soberanía cuando necesitamos que Estados Unidos nos diga dónde mirar. No podemos decir que combatimos la corrupción si las redes financieras solo se vuelven visibles cuando las señala Washington. Y no podemos hablar de transformación si el sistema sigue dependiendo del empujón extranjero para actuar contra lo que aquí todos sospechaban.

Qué bueno que la UIF vea. Qué bueno que investigue. Qué bueno que congele cuentas si hay elementos. Pero que vea parejo. Al pasado, al presente, a los adversarios y también a los de casa.

Porque si la inteligencia financiera mexicana necesita lentes gringos para detectar corrupción mexicana, entonces el problema nunca fue de vista.

Fue de voluntad.

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