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Cuando la soberanía también sirve para ganar tiempo

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La ficha roja contra Rocha Moya abre una pregunta incómoda para la 4T: ¿México está defendiendo su soberanía frente a Estados Unidos o está administrando políticamente el caso Sinaloa?

El caso de Rubén Rocha Moya entra en una zona políticamente explosiva: Estados Unidos mueve sus piezas, Interpol activa alertas y México responde con una palabra que suena fuerte, legítima y conveniente al mismo tiempo: soberanía.

La soberanía importa. No es un adorno del discurso. México no puede permitir que otro país opere libremente en su territorio, ni que una investigación extranjera sustituya a las instituciones mexicanas. Sheinbaum tiene razón cuando dice que la colaboración con Estados Unidos debe tener límites claros y que coordinación no significa subordinación.

Pero el problema es que este caso no se queda en una discusión abstracta de derecho internacional. Aquí hablamos de un gobernador de Morena, de Sinaloa, de exfuncionarios señalados por autoridades estadounidenses y de una ficha roja que cambia por completo el tamaño del escándalo.

La explicación oficial abre más preguntas que respuestas. Si las alertas existen y derivan de órdenes de Estados Unidos, ¿qué hará México con esa información? ¿Solo observar? ¿Esperar a que salgan del país? ¿Dejar que el problema se resuelva afuera para evitar el costo político adentro?

Porque el mensaje que queda flotando es durísimo: fuera de México podrían ser detenidos; dentro de México no habría obligación de vigilarlos de forma especial. Jurídicamente puede tener explicación. Políticamente suena a zona de confort.

Y ahí está el punto más delicado para la 4T. Durante años, Morena construyó un discurso de superioridad moral: que ellos no eran iguales, que ellos sí iban contra la corrupción, que ellos no protegían complicidades. Pero cuando el caso toca a Sinaloa y a un gobernador propio, el lenguaje cambia. Ya no hay gritos. Hay matices. Hay soberanía. Hay procedimientos. Hay cautela.

Esa cautela no necesariamente es ilegal. De hecho, en un Estado de derecho debería haber debido proceso. Nadie debe ser condenado por un titular ni por una acusación extranjera. Pero el doble rasero político sí se nota cuando con unos casos el oficialismo exige linchamiento inmediato y con otros pide paciencia institucional.

Además, la reunión con autoridades de seguridad de Estados Unidos deja una imagen contradictoria. Por un lado, México presume colaboración más frecuente con Washington. Por otro, insiste en que no habrá subordinación ni operaciones conjuntas. Eso puede ser correcto, pero también puede convertirse en una forma elegante de decir: colaboramos cuando conviene, frenamos cuando incomoda.

La pregunta de fondo no es si México debe obedecer a Estados Unidos. No debe. La pregunta es si México está dispuesto a investigar con la misma fuerza a los suyos cuando la presión viene de afuera.

Rocha Moya ya no es solo un problema judicial o diplomático. Es un problema narrativo para Morena. Porque si el gobierno presume que nadie está por encima de la ley, entonces la soberanía no puede ser refugio político.

Debe ser marco legal, no escudo partidista.

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