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CCH Sur: Un Estudiante Muere por ataque con cuchillo. (video)

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En los corredores del Colegio de Ciencias y Humanidades Plantel Sur de la UNAM, donde las aulas suelen resonar con debates sobre ecuaciones y ética, un estudiante con capucha irrumpió el lunes 22 de septiembre con una navaja que cortó no solo carne, sino la rutina de una institución que ahora enfrenta su propia disección interna, suspendiendo clases hasta nuevo aviso tras el apuñalamiento mortal de un alumno y las heridas de un trabajador que forcejeó para contener al agresor. La Secretaría de Seguridad Ciudadana de la CDMX reportó la llegada de patrullas ante un llamado inicial por «lesionado», solo para encontrar un escenario donde la magnitud de las puñaladas había sellado el destino del estudiante, mientras el atacante, en un espiral que bordea lo teatral, escaló un edificio en su huida y se lanzó, fracturándose ambas piernas antes de ser entregado por las autoridades educativas y custodiado en un hospital bajo vigilancia policial. Esta secuencia, que la Fiscalía General de Justicia de la CDMX ya pericia con microscopios y testimonios, no surge de un guion de pandillas visibles, sino de las sombras cotidianas de un plantel con 5 mil alumnos donde el estrés acumulado —entre exámenes y presiones urbanas— se filtra como un mal corte, recordándonos que en la educación pública mexicana, donde el 70% de los jóvenes reporta ansiedad según encuestas de la UNAM, una hoja afilada puede ser el último recurso de un grito ahogado. La suspensión inmediata, activada por protocolo de violencia armada, proyecta una seriedad institucional que prioriza la contención sobre la negación, pero deja un vacío donde las pizarras limpias contrastan con manchas que no se borran fácilmente.

La respuesta de la Máxima Casa de Estudios, en un comunicado que condena los hechos sin excusas, detalla cómo el personal intervino con auxilios básicos y notificaciones rápidas, trasladando al trabajador herido —quien en un acto de contención improvisada se interpuso entre el agresor y más víctimas— a un nosocomio para suturas y vigilancia, mientras el presunto responsable, ahora inmovilizado por sus propias fracturas, espera el dictamen ministerial que lo definirá no como monstruo, sino como sujeto de un expediente que indagarán motivaciones ocultas en chats o diarios. Esta coreografía de intervención —policías acordonando accesos, peritos fotografiando el rastro de la navaja— inyecta una ironía sutil: en un CCH Sur que forma mentes para la universidad, el verdadero examen fallido parece ser el de prevención, donde protocolos de alerta temprana, implementados post-2019 tras huelgas por violencia de género, coquetean con lo insuficiente ante un incidente que no discrimina entre aulas de día y sombras de tarde. La petición de la dirección a la comunidad para sintonizar canales oficiales —redes y boletines— busca tejer un hilo de información veraz en medio de rumores que ya circulan en WhatsApp como veneno viral, cuestionando si esta tragedia no revela más sobre la desconexión entre administraciones y alumnos que sobre un acto aislado, en un contexto donde la CDMX registra 200 agresiones escolares al año según datos de la SSC, muchas silenciadas hasta que una sangre las obliga a gritar.

Lo paradójico de este episodio radica en cómo un forcejeo heroico de un trabajador —un custodio o profesor que se erigió como escudo humano— salva el día de un baño de sangre mayor, pero su herida se convierte en el costo invisible de un sistema educativo que, bajo la UNAM, presume equidad pero tropieza con realidades donde el 40% de los estudiantes del CCH reporta inseguridad percibida en encuestas internas. El agresor, lanzado desde un edificio en un intento de escape que lo deja postrado, no es solo un perpetrador: su fractura bilateral evoca un ciclo donde la huida termina en custodia, y la Fiscalía, con sus servicios periciales ya en marcha, deberá desentrañar si fue rencor personal, bullying acumulado o un estallido de salud mental no atendida, un dilema que bordea lo ridículo cuando se piensa en cómo un plantel con programas de psicología gratuita ve sus recursos saturados por demandas que superan las citas. En esta pausa académica, donde los 5 mil alumnos del Sur se dispersan a hogares o cafés en espera de reanudación, emerge una sospecha velada: ¿no es esta navaja un síntoma de la brecha entre la formación humanista prometida y la supervivencia cruda que muchos arrastran desde periferias, transformando aulas en arenas donde el conocimiento compite con el instinto?

Al final, la suspensión del CCH Sur no es mero paréntesis, sino un alto que obliga a la UNAM a mirar más allá de comunicados hacia un escrutinio que integre no solo protocolos, sino inversiones en mediación y salud mental que eviten que una capucha y una hoja conviertan un lunes en luto colectivo. Mientras la SSC custodia al herido y la Fiscalía arma su rompecabezas pericial, este caso dibuja un retrato de una educación que, en su afán por iluminar mentes, a veces deja sombras donde la violencia acecha sin invitación. En los pasillos ahora vacíos del Plantel Sur, donde el eco de una alarma pasada resuena como advertencia, esta tragedia susurra una lección perspicaz: en el vasto campus de la vida universitaria, prevenir un corte no requiere solo curitas, sino tijeras que recorten las raíces del descontento antes de que broten afiladas.

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