Tras el alto al fuego entre Israel y Hamás, miles de palestinos regresan al norte de Gaza buscando lo que quedó de sus hogares. En medio de la fe, la devastación y la geopolítica, la pregunta sigue siendo la misma: ¿cuánto vale una vida frente al interés económico y religioso?
La tregua entre Israel y Hamás devolvió algo que parecía perdido: movimiento hacia el norte de Gaza, una zona devastada por los bombardeos, el hambre y el desplazamiento forzado.
Miles de palestinos caminan de vuelta a sus vecindarios destruidos, entre los escombros de mezquitas, escuelas y mercados.
No regresan porque haya esperanza, sino porque no tienen otro lugar a dónde ir.
El alto al fuego fue anunciado como un “paso humanitario”, pero en los hechos, lo humanitario parece una palabra vacía frente a los intereses que siguen moviendo la guerra: territorio, religión y dinero.
Detrás de cada misil hay una industria armamentista; detrás de cada oración, un cálculo político.
Mientras la comunidad internacional aplaude el cese de fuego, la vida cotidiana en Gaza sigue siendo una negociación constante entre la fe y la supervivencia.
La religión, que debería unir y consolar, se ha convertido en un pretexto para justificar muertes y legitimar poderes.
Las ciudades sagradas se disputan como activos estratégicos; los templos, como símbolos de propiedad; los fieles, como carne de propaganda.
Y aun así, entre el polvo y la ruina, miles de personas siguen rezando, convencidas de que la paz aún puede existir, aunque todo a su alrededor demuestre lo contrario.
Esa es la paradoja del siglo XXI: un mundo que predica el amor al prójimo mientras hace negocios con la guerra.


