El paso de Melissa por Jamaica fue un “golpe de realidad”. Cuando una tormenta alcanza casi 300 km/h en una isla de 2.8 millones de habitantes, no se trata ya de evacuaciones puntuales sino de supervivencia masiva. Escuelas cerradas, hospitales afectados, carreteras cortadas, ciudadanos refugiados: todo bajo el impacto de lo que alguien ya llamó “la tormenta del siglo” para la isla.
Pero lo más peligroso no es sólo la velocidad sino el ritmo. Melissa avanza a unos 6 km/h sobre aguas cálidas, lo que le permite mantener y potenciar su furia mientras se demora, extendiendo lluvias, vientos y mareas durante horas o días. Esa lentitud multiplica el daño y supera los esquemas tradicionales de respuesta.
Cuba ya está activando sus protocolos: evacuaciones, albergues, cierre de puertos y refuerzo de servicios de emergencia. Se estiman acumulados de lluvia que podrían superar los 60 cm y olas que amenazan zonas bajas. El mensaje es claro: no es cuestión de “si” va a impactar, sino de “cuándo” lo va a hacer y cuán profundo será el golpe.
Este fenómeno debe mover algo más que alertas meteorológicas. Tiene que cambiar cómo vemos la temporada de huracanes, la capacidad de los sistemas de protección civil y el papel de los gobiernos regionales. Cuando el viento azota, no hay fronteras que lo detengan. Y en un Caribe que ya acumulaba fatiga climática, Melissa podría dejar una marca que dure mucho más que los días de lluvia.








