Sudán se desangra sin cámaras y sin tregua. Lo que comenzó en abril de 2023 como una disputa por el poder entre el ejército regular —dirigido por Abdel Fattah al-Burhan— y las Fuerzas de Apoyo Rápido (RSF) del comandante Mohamed “Hemedti” Dagalo, se ha convertido en una de las guerras más brutales de nuestro tiempo. En Darfur, la región donde la violencia étnica ya había dejado cicatrices profundas, el horror alcanzó niveles que desafían incluso la imaginación: civiles obligados a cavar sus propias tumbas y enterrados vivos como forma de castigo y terror.
Los testimonios que emergen de El Fasher y Geneina describen escenas imposibles: aldeas arrasadas, mujeres violadas, niños fusilados y pozos convertidos en fosas. Médicos locales y organizaciones humanitarias denuncian que grupos paramilitares de las RSF ejecutan y entierran a poblaciones enteras bajo acusaciones de “colaborar con el enemigo”. Los cadáveres, dicen, son tantos que las comunidades los entierran en masa o los arrojan a pozos para evitar epidemias. En algunos casos, los cuerpos exhumados muestran señales de haber sido enterrados con vida.
El conflicto ya ha desplazado a más de 12 millones de personas dentro y fuera del país, ha destruido hospitales, escuelas y mercados, y ha dejado a millones sin acceso a agua ni alimentos. En la práctica, Sudán es un país fragmentado entre milicias, bandas armadas y un ejército que ya no controla su propio territorio. Las ayudas humanitarias no logran entrar: la mayoría de las carreteras están bloqueadas o bajo fuego, y las misiones internacionales han reducido operaciones ante el riesgo de secuestros.
El silencio internacional pesa más que las bombas. Las potencias occidentales limitan su reacción a comunicados diplomáticos; la ONU apenas logra contabilizar los desplazados. En tanto, las RSF y el ejército se reparten ruinas. Los civiles —africanos, campesinos, madres, estudiantes— son los que pagan el precio de una guerra donde ya no hay enemigo ni causa, solo destrucción. En Sudán, el horror se volvió cotidiano: un país donde la muerte no llega con el disparo, sino con la pala.








