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Familias enteras, estudiantes y trabajadores entre las víctimas del incendio en Waldos

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El incendio en la tienda Waldos de Hermosillo no solo consumió un edificio: devoró vidas enteras y dejó una cicatriz que marcará a Sonora por generaciones. El siniestro, ocurrido el pasado sábado en el centro histórico de la capital, dejó 23 muertos y al menos 13 heridos, entre ellos familias que habían acudido a comprar para el Día de Muertos, estudiantes que trabajaban medio turno y empleados que intentaron ayudar a los clientes a escapar.

La lista de víctimas refleja la dimensión humana del desastre. Murieron madres con sus hijos pequeños, jóvenes que se ganaban la vida tras salir de clases y parejas que habían entrado solo unos minutos antes del estallido. Entre los nombres confirmados hay alumnos de secundaria y universidad, además de trabajadores que llevaban años en la sucursal. La mayoría de los cuerpos fueron encontrados cerca de las salidas, lo que sugiere que no lograron huir a tiempo por la falta de rutas de evacuación y el rápido avance del humo tóxico.

Las autoridades estatales confirmaron que el fuego se originó en un transformador privado del inmueble y descartaron que se tratara de un atentado. Sin embargo, lo que más indigna a los familiares es que la tienda no contaba con un programa interno de protección civil vigente desde 2021, ni con extintores suficientes ni salidas de emergencia señalizadas. Varios testigos aseguran que el personal no sabía cómo reaccionar ante la emergencia, lo que multiplicó el caos dentro del local.

El gobernador de Sonora ordenó el cierre inmediato de las 68 tiendas Waldos en la entidad para revisiones de seguridad y anunció sanciones para quienes resulten responsables de las omisiones. Pero para las familias, la medida llega tarde: “No queremos clausuras, queremos justicia”, repiten en cada vigilia. En la plaza central de Hermosillo, se levantaron altares con las fotografías de las víctimas, velas encendidas y flores que cubren la fachada ennegrecida del local siniestrado.

El caso ha puesto bajo escrutinio la negligencia estructural que permitió operar a cientos de establecimientos sin inspecciones periódicas. Lo que se presentó como un accidente eléctrico terminó siendo una tragedia anunciada: una combinación de burocracia, abandono y desinterés. En Hermosillo, la pregunta que se repite es la misma: ¿cuántos locales más funcionan hoy igual, esperando el próximo cortocircuito?

Mientras los cuerpos son velados y las familias lloran en silencio, el fuego sigue encendido en otro sentido: el de la indignación colectiva. El incendio del Waldos no fue solo un accidente; fue la consecuencia de un sistema que ignora sus propias alertas hasta que el humo cubre el cielo.

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