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México promete lo que no cumple: el país llega a la COP30 con su deuda climática al rojo vivo

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Mientras la COP30 se fractura entre potencias, México intenta recuperar credibilidad con nuevas metas de reducción de emisiones. Pero los números no mienten: el país no ha cumplido ni las metas anteriores, y su adicción a los combustibles fósiles amenaza con sepultar su palabra.

La COP30 en Belém debía ser un parteaguas para la acción climática global, pero la escena se ha convertido en un retrato del desequilibrio político y ambiental que divide al mundo. Estados Unidos brillando por su ausencia, China tomando el control de la transición energética y, en medio, México tratando de convencer al planeta de que aún tiene rumbo ecológico.

Esta semana, nuestro país presentó su tercera Contribución Determinada a Nivel Nacional (NDC), prometiendo reducir entre 31% y 37% las emisiones netas de dióxido de carbono para 2035.
El mensaje de la secretaria de Medio Ambiente, Alicia Bárcena, sonó firme: “No hay tiempo que perder”. Pero el verdadero problema no está en lo que se promete, sino en lo que no se ha cumplido.

Porque México no alcanzó las metas de sus dos NDC anteriores.
En 2015, el país se comprometió a generar el 35% de su energía con fuentes limpias para 2024, y solo llegó al 26.5%.
Se había fijado también reducir un 25% de fugas y quemas de metano, y apenas bajó 8%.
Y en lugar de sustituir combustibles pesados por energías limpias, la proporción de petrolíferos aumentó del 25% al 31%.

Hoy, las emisiones mexicanas rondan los 583 millones de toneladas de CO₂ equivalente al año. Para alcanzar su meta, México tendría que reducirlas a poco más de 360 millones en apenas una década. Una tarea monumental, especialmente si se considera que el 70% de los recursos federales etiquetados para combatir el cambio climático se siguen destinando a infraestructura fósil, como refinerías y gasoductos.

El Climate Action Tracker, un proyecto científico independiente, evalúa la acción climática mexicana como “críticamente insuficiente”, el nivel más bajo posible, junto al de países como Estados Unidos, Rusia o Turquía.
Según el informe, si todos los países actuaran como México, el planeta superaría los 4°C de calentamiento global, un escenario catastrófico.

Paradójicamente, mientras México promete “cero emisiones netas para 2050”, está construyendo 35 plantas eléctricas que funcionan con combustibles fósiles, con una vida útil de tres décadas.
A este ritmo, incluso si se plantaran bosques enteros sobre el territorio nacional, no alcanzarían para compensar la huella que el país está dejando.

Ahora, bajo el gobierno de Claudia Sheinbaum, el país presenta una oportunidad real de virar hacia un modelo más verde. Su perfil técnico y ambientalista genera expectativa, pero los retos son estructurales: una red energética anclada al petróleo, subsidios que premian la contaminación y una burocracia climática debilitada.

La COP30 no solo expuso una fractura global. También exhibió la fragilidad ambiental mexicana, esa distancia entre el discurso diplomático y la acción concreta.
El planeta no necesita promesas, necesita resultados. Y México, si quiere volver a ser tomado en serio, tendrá que empezar a cumplir los compromisos que firma entre aplausos, pero olvida entre pozos.

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