El rock mexicano vuelve a sonar incómodo. Figuras que en otro momento simpatizaron con el discurso progresista de la Cuarta Transformación hoy marcan distancia con el poder. Rubén Albarrán, vocalista de Café Tacvba, fue el más reciente en expresar su desencanto: acusó al gobierno federal de mantener las mismas estructuras de devastación ambiental y represión social que prometió erradicar. Su postura coincide con la de Saúl Hernández, Alex Lora y Paco Ayala, quienes desde escenarios distintos han cuestionado el rumbo político del país. Lo que antes fue afinidad ideológica hoy se ha convertido en crítica abierta.
En 2018, buena parte del rock nacional celebró el triunfo de un proyecto que prometía un cambio de fondo. Seis años después, la distancia entre el ideal y la realidad se mide en desilusiones. Saúl Hernández advirtió que la 4T “no ha transformado nada”, mientras Alex Lora ironizó en un concierto: “no necesitamos mesías, necesitamos justicia”. Paco Ayala, de Molotov, fue más frontal: “todos los políticos valen ver**, pero tu papá más que todos juntos”, dijo refiriéndose a López Obrador. Sus palabras, más que una provocación, reflejan el regreso del rock como conciencia crítica frente a un poder que se autodenomina popular, pero que cada vez se parece más al que antes combatía.
El desencanto de estos músicos revela el agotamiento de una narrativa política que confundió cercanía con transformación. La Cuarta Transformación, que pretendía reconciliar al Estado con la cultura, terminó perdiendo la simpatía de quienes mejor expresaron el pulso social en los noventa. En un contexto donde la cultura se volvió escaparate institucional, el rock retoma su función histórica de oposición simbólica, esa que incomoda, señala y despoja de solemnidad al poder. Las críticas ya no provienen de los partidos, sino de los escenarios.
El fenómeno trasciende lo musical. En medio de una polarización creciente, el arte vuelve a ocupar el vacío moral que la política dejó. El descontento de Albarrán, Lora y Hernández no busca protagonismo, sino coherencia: el arte no puede celebrarle al poder mientras el país se hunde en violencia, corrupción y desgaste social. En un México donde la crítica parece castigada y el aplauso oficial se premia, el rock vuelve a cumplir su viejo papel: ser la voz incómoda de una generación que no se resigna. Si alguna vez el silencio fue prudencia, hoy suena a complicidad.










