México volvió a rendir honores donde debería rendir cuentas. En Guerrero, autoridades estatales organizaron un homenaje oficial al exgobernador Rubén Figueroa Figueroa, figura central de la Guerra Sucia de los años setenta, responsable de desapariciones forzadas, ejecuciones extrajudiciales y persecución contra campesinos, maestros y militantes de izquierda. El acto —realizado el fin de semana con escolta, ofrendas florales y discursos de reconocimiento— fue encabezado por funcionarios del gobierno local, bajo el argumento de “recordar su legado político”. Para buena parte del país, el evento fue un insulto: el Estado celebrando a uno de sus propios verdugos.
El Centro Cultural Universitario Tlatelolco, institución que resguarda archivos de la represión, condenó el homenaje con una frase contundente: “Los asesinos no deben ser homenajeados”. Desde su cuenta oficial, el CCU recordó que Figueroa fue “uno de los principales responsables de las desapariciones en Guerrero durante la Guerra Sucia” y que su gobierno (1975-1981) profundizó las prácticas de tortura y exterminio encubiertas bajo el pretexto de la estabilidad. La crítica llegó acompañada de testimonios de familiares de desaparecidos que, cincuenta años después, siguen buscando justicia mientras las autoridades repiten los honores del pasado.
El caso Figueroa simboliza la doble moral de un Estado que exige memoria pero administra el olvido. Mientras la Comisión de la Verdad documenta los crímenes de la Guerra Sucia y el presidente López Obrador promete esclarecerlos, un gobierno local —emanado del mismo movimiento— rehabilita públicamente a uno de sus responsables. En un país donde el poder político suele reciclar sus propias sombras, el homenaje no fue un error de protocolo: fue una declaración de impunidad. Se le llamó “homenaje póstumo”, pero en realidad fue una absolución pública.
Que en 2025 se sigan celebrando a los arquitectos del terror de Estado revela cuánto le teme México a su memoria. Cada ofrenda a Figueroa es una bofetada a las víctimas de Atoyac, de la Sierra, de los cuarteles donde desaparecieron campesinos bajo su mandato. El país que presume un cambio histórico sigue protegiendo a los mismos apellidos. La Guerra Sucia nunca terminó: solo aprendió a maquillarse con flores y discursos oficiales. En México, incluso la memoria se gobierna.








