El país enfrenta cortes masivos tras ataques que dejaron su capacidad de generación en cero, justo cuando el frío se aproxima y la red energética se fragmenta entre reparaciones urgentes y nuevas amenazas.
Ucrania vuelve a mirar al invierno con una pregunta incómoda: ¿cómo mantener encendidas las luces cuando su red energética se ha convertido en uno de los principales campos de batalla? Los ataques rusos de este fin de semana no solo dañaron plantas eléctricas y de calefacción; redujeron la capacidad de generación del país a “cero”, según la propia Centerenergo. Esa palabra, tan contundente como alarmante, resume la magnitud de un golpe que llega en el peor momento posible.
La descripción del operador estatal Ukrenergo es clara: drones y misiles atacaron instalaciones energéticas “varios por minuto”, en lo que llaman uno de los episodios más agresivos desde el inicio de la invasión en 2022. Las secuelas fueron inmediatas: interrupciones de electricidad, agua y calefacción en ciudades enteras; horarios de cortes de entre ocho y 16 horas; y un ministerio de Energía que califica la jornada como una de las noches más difíciles desde que comenzó la guerra.
El patrón es conocido, pero ahora luce más sistemático. Desde octubre, la infraestructura de gas y energía ha sido atacada de manera repetida. Según Naftogaz, ya van nueve ofensivas masivas en pocas semanas. La Escuela de Economía de Kiev calcula que la mitad de la producción de gas natural del país ha quedado fuera de operación. En términos prácticos, eso significa que la capacidad de resistir un descenso drástico de temperaturas se está erosionando con rapidez.
A la preocupación técnica se suma un riesgo aún mayor: la seguridad nuclear. De acuerdo con el ministro de Relaciones Exteriores, dos subestaciones que alimentaban plantas nucleares fueron alcanzadas por drones rusos. Ucrania pidió una reunión urgente de la Junta del OIEA, argumentando que estas acciones “ponen en peligro deliberadamente la seguridad nuclear en Europa”. Con plantas a escasos kilómetros de ciudades densamente pobladas, la inquietud es comprensible.
Los escenarios planteados por expertos tampoco ayudan a la calma. Oleksandr Kharchenko advierte que, si las dos plantas de energía y calefacción de Kiev llegaran a desconectarse por más de tres días con temperaturas de –10 °C, la capital podría enfrentar un “desastre tecnológico”. En un país donde muchas ciudades dependen de la calefacción central, un apagón prolongado no solo representaría incomodidad, sino un problema de supervivencia.
Del otro lado, Rusia también resiente los impactos. Ataques ucranianos dejaron sin electricidad a más de 20 mil personas en regiones fronterizas y provocaron incendios en instalaciones energéticas. Es decir: la red energética ya no es solo una víctima colateral, sino un objetivo directo de ambos lados, convertido en un tablero donde cada golpe busca condicionar al contrario antes del invierno.
Al final, lo que ocurre no es solo una crisis técnica, sino una estrategia militar: debilitar, desgastar y congelar, literal y metafóricamente, la resistencia del otro. Ucrania corre contrarreloj para reparar lo irreparable y sostener servicios básicos mientras enfrenta un invierno que podría ser más severo por razones políticas que climáticas.
La batalla energética ya no es un capítulo más: es el centro de la historia. Y los próximos meses dirán si este país puede mantener encendidos sus hogares… o si la oscuridad vuelve a ser parte de la guerra.








