Desde julio, Cuba enfrenta una epidemia de chikunguña que ha afectado a más de 47,000 personas en toda la isla. La enfermedad, que se caracteriza por fiebre alta y dolores articulares, ha encontrado un terreno fértil en un contexto de crisis sanitaria, marcada por la falta de higiene y escasez de alimentos y medicinas. En barrios como Jesús María, en La Habana, los residentes se quejan de las difíciles condiciones de vida, que incluyen la acumulación de basura y la falta de atención médica adecuada.
Las autoridades sanitarias han implementado medidas de fumigación para combatir la propagación del virus, pero los esfuerzos se ven obstaculizados por la escasez de recursos. Francisco Durán, jefe de Epidemiología del Ministerio de Salud Pública, ha señalado que el número de casos diagnosticados se ha duplicado en la última semana, lo que refleja la gravedad de la situación. A pesar de los esfuerzos, muchos cubanos no acuden a los centros médicos, lo que podría llevar a un subregistro de casos.
La crisis se agrava por la falta de medicamentos esenciales, lo que obliga a muchos pacientes a buscar tratamientos en casa sin supervisión médica. La situación es especialmente crítica en las provincias orientales, que también han sido afectadas por el huracán Melissa, lo que ha dañado aún más la infraestructura de salud. La combinación de estos factores ha convertido el brote de chikunguña en una crisis sanitaria de gran magnitud, con repercusiones en la salud pública y la economía nacional.






