Asaltos, bloqueos, modus operandi cada vez más agresivos y una percepción de inseguridad que crece sin freno. México enfrenta una crisis silenciosa en sus carreteras.
Viajar por carretera en México dejó de ser una actividad rutinaria para convertirse en un acto de fe. La más reciente encuesta de MITOFSKY lo confirma: 66% de los mexicanos considera que las carreteras son peligrosas, mientras que solo un tercio cree que siguen siendo relativamente seguras. Y aun así, casi la mitad de la población las usa al menos una vez por semana. La contradicción es brutal: necesitamos movernos, aunque ya nadie se sienta tranquilo haciéndolo.
La inseguridad en las vías nacionales no es nueva, pero sí más evidente. Según el estudio, los asaltos son el miedo número uno de los viajeros (53.6%), por encima de los accidentes (40%). Y no es para menos: los métodos de ataque se han vuelto más sofisticados y más violentos. Bandas colocan piedras, varillas o bloques para obligar a los conductores a frenar o perder el control. El caso de Ramiro, ocurrido en la Salamanca–León en Guanajuato, resume perfectamente el problema: un obstáculo colocado adrede lo obligó a detenerse y, minutos después, un grupo lo asaltó a él y a su esposa. Sobrevivieron de milagro.
Historias como esa se multiplican en redes sociales: familias interceptadas antes de casetas, autos robados en segundos, operadores amenazados, camionetas nuevas perseguidas. La Asociación Mexicana de Instituciones de Seguros (AMIS) describe un patrón claro: los delincuentes buscan perfiles vulnerables como mujeres, personas mayores o familias en camionetas recientes. Y saben en qué tramos operar, a qué hora, y qué rutas están desprotegidas.
Los números acompañan la alarma. Los robos en carretera crecieron de 1,860 en 2022 a 3,204 en 2023, según el Censo Nacional de Seguridad Pública Federal. Aunque la mayor parte corresponde al transporte de carga, los autos particulares también están en la mira. El sistema de denuncias 088 registra «»situación en carretera»» como uno de sus incidentes más frecuentes.
El Gobierno federal intenta responder con la estrategia Cero Robos, que suma Guardia Nacional, drones, helicópteros y torres de detección en las vías más críticas: México–Querétaro, México–Puebla y Culiacán–Mazatlán. También se prepara el cobro automático TAG para reducir tiempos en casetas, donde suelen darse asaltos aprovechando la falta de movimiento. En temporada vacacional se despliega un operativo con más de 41 mil elementos, pero la percepción no mejora: 43.4% de los encuestados cree que la carretera está peor que hace un año, y solo 12% ve una mejora real.
El problema va más allá de simples robos: involucra bandas locales, células especializadas y, en algunos casos, grupos criminales mayores como el Cártel Jalisco Nueva Generación, que utilizan las rutas para controlar territorio o extorsionar transportistas.
En las carreteras mexicanas, nadie está exento. De día o de noche, en autopistas de cuota o libres, la sensación es la misma: cualquier viaje puede torcerse en segundos. Y mientras los delincuentes desarrollan nuevas estrategias, la ciudadanía se adapta: salir más temprano, no viajar sola, evitar detenerse, cambiar rutas. El viaje ya no es solo viaje: es cálculo, alerta y suerte.
México necesita carreteras seguras, no atajos emocionales. Porque la verdadera pregunta no es si nos sentimos inseguros… sino cuánto tiempo más podremos normalizarlo.»





