Cuando un país empieza a sacar libros de escuelas y bibliotecas por “inapropiados”, no está cuidando a la niñez: está entrenando obediencia y castigando la diversidad.
Hay una idea peligrosa que se está vendiendo como sentido común en Estados Unidos: que prohibir libros es “orden” y “protección”. Pero la realidad, según los reportes citados, es otra. Lo que hoy está pasando es una normalización de la censura: retirar, restringir o bloquear el acceso a lecturas en escuelas y bibliotecas, no por calidad, sino por ideología. Y cuando la ideología decide qué puedes leer, lo que aparece en escena es la cara del facismo: control sobre la imaginación, sobre la creación y sobre la diversidad.
PEN América documentó, solo entre el 1 de julio de 2024 y el 30 de junio de 2025, 6,870 incidentes de censura en 45 estados y 451 distritos escolares. Y el dato que golpea fuerte: más de un tercio de los libros prohibidos presentan personajes o personas de color, incluidos latinos. No es una coincidencia estadística, es un patrón cultural: se vuelve incómodo lo que retrata vidas que no encajan en el molde.
Por eso aparecen en las listas nombres que son parte del ADN de nuestra memoria: Gabriel García Márquez con Cien años de soledad y El amor en los tiempos del cólera; Isabel Allende con La casa de los espíritus; Laura Esquivel con Como agua para chocolate. No hablamos de panfletos oscuros, hablamos de clásicos que explican quiénes somos, cómo amamos, cómo sufrimos, cómo resistimos. Y aun así, fueron vetados en distritos escolares y, en algunos casos, a nivel estatal, bajo criterios como “referencias sexuales” o “críticas al capitalismo y al colonialismo”. O sea: molesta el cuerpo y molesta el poder, pero sobre todo molesta que el estudiante piense.
El fenómeno no se queda en escuelas. La American Library Association reporta intentos de censura en bibliotecas públicas y también retiros masivos en centros federales, en cumplimiento de directivas anti-DEI impulsadas por la administración Trump. Además, PEN América advierte que nunca antes tantos estados habían aprobado leyes o regulaciones para facilitar la prohibición de libros, y que políticos han presionado a directivos escolares, incluso vinculando fondos públicos al cumplimiento.
Lo más grave es el efecto dominó: se instala una cultura del miedo. Docentes y bibliotecarios se autocensuran para evitar castigos, y con eso se reduce el pensamiento crítico. En nombre de “cuidar”, se recorta la educación; en nombre de “valores”, se vacía la pluralidad.
Y aquí va lo esencial: la censura no borra solo páginas, borra posibilidades. Si quitas historias de migración, raza, desigualdad o identidad, estás entrenando generaciones para que solo vean un tipo de mundo. Eso no es educación: es domesticación. Por eso surgen campañas como #LetThemRead o #LibrosNoSeProhiben, y por eso hay bibliotecas comunitarias que siguen poniendo esos títulos en los estantes. Porque leer también es un acto de libertad.








