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Drones sí, armas no: la cooperación selectiva entre México y Estados Unidos

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México y Estados Unidos pactan combatir drones del narco, fentanilo y lavado de dinero, pero el elefante en la sala sigue intacto: el tráfico de armas desde el norte.

México y Estados Unidos anunciaron con bombo y platillo un nuevo acuerdo de cooperación en seguridad. El objetivo suena impecable: combatir el uso de drones del crimen organizado, frenar el robo de combustible, acelerar extradiciones y golpear el lavado de dinero. Inteligencia compartida, plataformas analíticas conectadas y reuniones programadas hasta 2026. Todo muy moderno, muy tecnológico… y muy incompleto.

Porque mientras Washington enumera drones, huachicol y fentanilo, vuelve a omitir el tema más incómodo de todos: las armas.

No es un detalle menor ni un simple olvido burocrático. Es una omisión estructural. Los drones no se disparan solos, los carteles no se arman con magia y la violencia que desangra a México no se explica sin el flujo constante de armas de alto poder que cruzan desde Estados Unidos hacia el sur. Rifles, municiones, armas automáticas. Ese es el combustible real del crimen organizado, y curiosamente, el que menos aparece en los comunicados del Departamento de Estado.

El acuerdo nace bajo el paraguas del Grupo de Implementación de Seguridad, con presencia del Ejército, Marina y dependencias de ambos países. Se habla de terrorismo, de amenazas emergentes y hasta de organizaciones terroristas extranjeras. Pero cuando llega el momento de señalar responsabilidades compartidas, el discurso se vuelve selectivo. México pone los muertos, Estados Unidos pone la narrativa.

Washington insiste en que la prioridad es el fentanilo, al grado de que Trump ya lo declaró “arma de destrucción masiva”. Bajo esa lógica, bombardea lanchas, endurece sanciones y presume decomisos. Sin embargo, las propias cifras oficiales muestran que las incautaciones de fentanilo en 2025 fueron las más bajas desde 2021. Menos droga, más espectáculo.

México, por su parte, subraya en su comunicado algo clave: soberanía, integridad territorial y cooperación sin subordinación. Un recordatorio diplomático que, traducido al español claro, significa “sí cooperamos, pero no aceptamos que nos dicten la agenda”. Por eso la Cancillería sí pone sobre la mesa el tráfico de armas y promete darle seguimiento, aunque del otro lado apenas se mencione.

El problema es que mientras el combate se centre solo en síntomas —drones, rutas, dinero— y no en la fuente principal del poder de fuego, el resultado será el mismo de siempre: acuerdos que suenan bien en papel y violencia que no baja en la realidad.

Combatir drones sin frenar armas es como apagar incendios sin cerrar la válvula de gas. Se gana tiempo, se toma la foto, pero el fuego sigue ahí.

La cooperación real no puede ser selectiva ni cómoda. O se asume la responsabilidad compartida completa, o se sigue jugando a la seguridad mientras el negocio del armamento sigue intacto. Y en esa simulación, México siempre lleva la peor parte.

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