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El problema no fue el descarrilamiento, fue la forma de gobernar

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Cuando una obra pública se presume como símbolo nacional, la exigencia no es fe: es técnica, mantenimiento y transparencia. Lo demás es propaganda.


El descarrilamiento del Tren Interoceánico volvió a poner sobre la mesa una discusión incómoda, pero necesaria: en México, los accidentes suelen presentarse como hechos aislados, cuando en realidad son síntomas. El punto no es solo lo que ocurrió en Nizanda, Oaxaca; el punto es cómo se decidió construir, operar y presumir una infraestructura estratégica sin que la planeación y el mantenimiento fueran prioridad visible.

El líder del PRI, Alejandro Moreno, dijo lo que pocos quieren decir en voz alta, incluso desde la oposición: la improvisación cobra factura. Y sí, a nadie le entusiasma coincidir con Alito, pero el argumento central no depende de quién lo pronuncie, sino de si es cierto. Cuando se habla de miles de millones invertidos, la pregunta lógica es por qué la seguridad y el control no parecen ir al mismo ritmo que la narrativa triunfal.

Desde el oficialismo, la respuesta fue institucional. Claudia Sheinbaum informó del despliegue de dependencias, de la atención médica y del seguimiento técnico. Eso es lo mínimo indispensable después de un evento así. El problema es que ese mensaje llega tarde para una conversación que debió darse antes: ¿quién decidió los tiempos?, ¿quién validó los estándares?, ¿quién supervisó el mantenimiento? La rendición de cuentas no empieza con el operativo de emergencia, empieza con la planeación.

El Tren Interoceánico fue una de las obras emblemáticas del sexenio de Andrés Manuel López Obrador. Se presentó como motor de desarrollo y orgullo nacional. Pero cuando una obra se vuelve símbolo político, el riesgo es que se proteja el discurso antes que la estructura. Y ahí es donde la crítica duele: no es grave el accidente por sí mismo; es grave que la cadena de decisiones que lo precede esté marcada por prisas, lealtades y opacidad.

En redes y en el debate público han circulado señalamientos sobre posibles vínculos de amistad y cercanía política alrededor del proyecto, incluso relacionados con familiares del expresidente. No son sentencias ni pruebas, pero sí reflejan una desconfianza profunda que no nace de la nada. Cuando no hay claridad, el vacío se llena de sospechas. Y la mejor forma de combatirlas no es descalificar, sino investigar a fondo y con resultados verificables.

El senador Manuel Añorve añadió otro ángulo incómodo: la militarización de la operación ferroviaria. La Secretaría de Marina tiene profesionales altamente capacitados, pero su especialidad no es el ferrocarril. Confundir disciplina con planeación técnica es una tentación frecuente en la política mexicana, y casi siempre sale caro.

Al final, este caso no se trata de colores partidistas. Se trata de entender que las obras públicas no se evalúan por aplausos, sino por resultados sostenidos. Si no hay mantenimiento, control y seriedad, el problema no es el tren: es el modelo de gobierno que lo puso en marcha.

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