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Qué pesadito se llevan… y qué bien se conocen

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Las mantas contra diputados del PT y PVEM en Oaxaca no solo exhiben una ruptura por la reforma electoral. También dejan ver algo más incómodo: cuando la pelea estalla entre aliados, lo que sale no es sorpresa, sino el manual interno del poder.


Hay pleitos políticos que parecen pleitos entre rivales. Y hay otros que huelen más bien a guerra de familia. Lo de Oaxaca entra en la segunda categoría.

Después de que diputadas y diputados del PT y del PVEM votaran contra la reforma electoral, aparecieron mantas en puentes y vialidades del estado donde se les exhibe como “traidores a la patria”. La diputada federal Martha Aracely Cruz denunció los hechos como un intento de intimidación política y acusó directamente a actores de Morena en Oaxaca de estar detrás de esa presión.

Hasta ahí, el dato duro ya es suficientemente escandaloso. Pero lo más interesante no es solo que hayan aparecido las mantas, sino lo que el episodio deja ver del momento político. Porque esto ya no parece una simple disputa legislativa por una votación incómoda. Parece otra cosa: el instante en que una alianza se rompe y, con ella, también se cae el maquillaje de la unidad. La propia nota de Emeequis ubica el conflicto justo después del rechazo a la reforma electoral impulsada por la presidenta Claudia Sheinbaum, cuando Morena no consiguió la mayoría calificada por la postura de sus antiguos aliados.

Y ahí está lo delicado. Cuando una diferencia parlamentaria pasa tan rápido del voto al señalamiento público, el mensaje se vuelve más importante que la manta misma. Ya no se trata solo de debatir una reforma. Se trata de mostrar quién se salió de la fila y cuánto cuesta hacerlo. Según la denuncia, las lonas fueron colocadas en puntos visibles, mostraban a los legisladores en blanco y negro y con una franja roja en los ojos, una estética que buscaba estigmatizar más que argumentar.

Por eso el asunto no se siente como una sorpresa total. Y ese es justo el verdadero ruido. No porque sepamos quién puso las mantas —eso tendría que probarse con una investigación seria— sino porque el método de presión no apareció en un vacío. La propia diputada dijo que estas acciones replican la lógica de las narcomantas y llamó a no normalizar que el voto libre sea castigado con campañas anónimas de exhibición pública.

En otras palabras: aquí no estamos viendo a personajes ingenuos descubriendo que la política puede ser brutal. Estamos viendo a actores que conocen perfectamente el terreno donde se mueven y que, de pronto, quedaron atrapados en una pelea donde el lenguaje del poder ya no fue el discurso, sino el amago. Eso vuelve todo más incómodo. Porque cuando los golpes ya no vienen de la oposición, sino desde mucho más cerca, queda claro que el problema no es solo la polarización de afuera. También es la descomposición de adentro.

Morena llegó prometiendo una nueva forma de hacer política. Pero escenas como esta proyectan algo muy distinto: una lógica donde la diferencia se castiga, la ruptura se exhibe y la pluralidad solo sirve mientras obedece. Y si así se están tratando entre aliados que hasta ayer caminaban juntos, la pregunta ya no es qué pesadito se llevan.

La pregunta es qué tanto se les cayó la careta.

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