Mientras la isla enfrenta otro apagón masivo y se abre a inversiones de cubanos en el exterior para sobrevivir, Trump escala el tono y habla de “tomar Cuba” como si la crisis ajena fuera una ventana de oportunidad.
Lo más brutal de esta historia no es solo lo que dijo Trump. Es el momento en que lo dijo. Cuba viene de otro apagón nacional, con una crisis energética que ha dejado a la isla al límite, una economía asfixiada y un malestar social cada vez más visible. En medio de ese escenario, Trump declaró que tendría el “honor” de “tomar Cuba” y que podría hacer con ella “lo que quisiera”. No suena a diplomacia. Suena a alguien viendo una casa dañada y calculando cuánto tardaría en quedarse con las llaves.
Y esa es la parte más incómoda: la frase no cae en el vacío. Cae sobre un país debilitado. Milenio reporta que el apagón afectó a los 11 millones de habitantes y que la isla arrastra una crisis energética profunda. Reuters añade que la situación se ha agravado por sanciones y un bloqueo petrolero, en un contexto de conversaciones entre La Habana y Washington. Es decir, no estamos viendo una simple bravata. Estamos viendo lenguaje de poder sobre un país al que primero se presiona, luego se observa tambalearse y después se nombra casi como si fuera pieza disponible en el tablero.
Lo que vuelve todavía más delicado el momento es la contradicción económica. Al mismo tiempo que Trump endurece el discurso, Cuba está dando un giro importante: invitar a cubanos que viven en el exterior, incluidos los que residen en Estados Unidos, a invertir y poseer negocios en la isla. Reuters reporta que este cambio busca reanimar una economía golpeada y que marca una ruptura con años de recelo oficial hacia parte de la diáspora. Eso significa que La Habana no se está abriendo desde la comodidad; se está abriendo desde la urgencia.
Y ahí aparece el cinismo geopolítico en todo su esplendor. Porque cuando un país abre rendijas para conseguir oxígeno, lo lógico sería hablar de cooperación, condiciones, comercio o transición económica. Pero Trump eligió hablar como si Cuba fuera una mezcla entre trofeo político, finca ideológica y misión personal. En vez de lenguaje de vecino, usó lenguaje de dueño potencial. Y eso activa una memoria histórica demasiado obvia en América Latina: la del poder que no acompaña crisis ajenas, sino que las aprovecha.
También hay algo socialmente muy fuerte en esta jugada cubana de abrir la puerta a su diáspora. Durante años, buena parte del exilio fue tratado con distancia o directamente como actor hostil. Ahora, la necesidad económica obliga a reconfigurar esa relación. Que el Estado cubano permita inversión de nacionales en el exterior muestra hasta qué punto la crisis empujó a romper tabúes. No es un ajuste menor; es una señal de vulnerabilidad estructural. Y por eso el comentario de Trump se siente todavía más agresivo: porque llega justo cuando la isla está reconociendo que no puede sostenerse igual que antes.
Esto también desnuda una doble narrativa. Por un lado, Washington puede hablar de libertad, estabilidad o cambio. Por el otro, el tono del presidente parece mucho más cercano al viejo reflejo imperial de “si está débil, es momento de mover ficha”. La declaración de que podría “hacer lo que quisiera” con Cuba no ayuda a vender una imagen de apoyo al pueblo cubano; ayuda a reforzar la idea de que en ciertos sectores del poder estadounidense la isla sigue siendo tratada menos como nación soberana y más como problema pendiente de administración.
Por eso esta noticia pega tanto. Porque no habla solo de Trump ni solo de Cuba. Habla de algo más viejo y más reconocible: la forma en que las crisis convierten a los países frágiles en objeto de deseo político, presión económica y fantasías de control. Cuba hoy no está viviendo una apertura elegante. Está intentando respirar. Y del otro lado ya hay quien confunde esa necesidad con permiso.








