Israel presume haber golpeado a figuras clave del régimen iraní, pero desde Washington ya apareció una renuncia que pone en duda toda la justificación de la ofensiva.
Lo más delicado de lo que está pasando entre Israel, Estados Unidos e Irán no es solo la escalada militar. Lo más delicado es que, mientras el conflicto sube de nivel, también empieza a romperse la historia con la que intentaron venderlo. Este 17 de marzo, Israel aseguró haber golpeado a Ali Larijaní y a Gholamreza Soleimani, dos figuras centrales del poder iraní. Al mismo tiempo, Joseph Kent, director del Centro Nacional de Contraterrorismo de Estados Unidos, renunció afirmando que Irán no representaba una amenaza inminente para su país. Y con eso, el discurso oficial empezó a hacer agua.
Porque una cosa es decir que una ofensiva responde a una urgencia real, y otra muy distinta es que desde dentro del propio aparato de seguridad estadounidense aparezca alguien diciendo prácticamente: esto no era tan inevitable como lo contaron. Ese detalle cambia todo. Ya no estamos viendo solo una guerra en el campo militar; estamos viendo una guerra por el relato, por la legitimidad y por la forma en que la opinión pública va a recordar este momento.
Y ahí está el problema: cuando una guerra empieza a justificarse peor de lo que se ejecuta, el riesgo se multiplica. Porque entonces ya no solo dependes de objetivos militares o cálculos estratégicos, sino de presiones políticas, intereses externos y narrativas que se van parchando sobre la marcha. Eso vuelve más inestable cualquier conflicto. Lo hace más impredecible, más largo y mucho más peligroso para todos los que están alrededor.
Además, esta guerra ya dejó claro que no se va a quedar atrapada en un solo frente. El mismo seguimiento de El País reporta nuevos bombardeos sobre Irán y Líbano, una ofensiva iraní recrudecida en el Golfo, ataques intensos contra la embajada de Estados Unidos en Bagdad y denuncias de nuevos bombardeos por parte de Emiratos Árabes Unidos y Qatar. Eso ya no suena a “operación contenida”. Suena a una crisis regional con potencial de seguir creciendo.
Y aunque mucha gente vea esto como una tragedia lejana, el Golfo no es un punto cualquiera del mapa. Desde el inicio de la guerra el 28 de febrero, las rutas marítimas de la zona han quedado bajo presión; por ahí pasa una quinta parte del petróleo y del gas natural licuado del mundo, y El País reporta que ya van 16 navíos atacados. Eso significa que el conflicto puede terminar pegándole a energía, mercados y precios a nivel global. No hace falta vivir en Teherán para resentir una guerra así.
Por eso el debate ya no debería ser solo quién va ganando el intercambio de golpes. La discusión real es si esta ofensiva está resolviendo algo o si, por el contrario, está empujando a toda la región a una fase todavía más volátil. Porque cuando empiezan a caer figuras clave del régimen, pero al mismo tiempo se derrumba la justificación política de la guerra, lo que viene no suele ser estabilidad. Suele ser más caos.
Y eso es justo lo que hoy se siente en el tablero: no una estrategia limpia, sino una escalada cada vez más difícil de explicar, más difícil de contener y muchísimo más difícil de apagar.







