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Cuando el fuego amigo pesa más que la oposición

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El tropiezo del Plan B electoral no exhibe la fuerza de la oposición, sino algo más delicado para el oficialismo: las grietas dentro de su propia alianza.

La escena es políticamente deliciosa y al mismo tiempo preocupante: la reforma electoral impulsada por Claudia Sheinbaum no se atoró por un gran operativo de la oposición, ni por una movilización social masiva, ni por una rebelión ciudadana. Se atoró por algo mucho más incómodo para el oficialismo: sus propios aliados. El PT frenó el paso en un tema clave y, de golpe, quedó expuesto algo que Morena ha intentado administrar desde hace tiempo: su bloque no siempre es una maquinaria aceitada; a veces también es una coalición de intereses, presiones y chantajes mutuos.

Ese detalle importa mucho más de lo que parece. Durante años, la narrativa de la 4T se construyó sobre una idea de solidez política casi automática: mayoría, disciplina y capacidad de empujar reformas a pesar del ruido. Pero cuando una iniciativa presidencial empieza a patinar no por culpa del enemigo, sino por diferencias con un aliado formal, el mensaje cambia. Ya no es “nos quieren bloquear”; ahora es “ni entre nosotros estamos totalmente de acuerdo”. Y eso desgasta más, porque rompe la imagen de control total.

Además, el tema de fondo no es menor. El choque con el PT se concentró en la revocación de mandato y su fecha, un punto que puede parecer técnico para quien no sigue el Senado, pero que en realidad toca el corazón del diseño político del sexenio. Ahí no se discute solo un calendario: se discute poder, oportunidad electoral y cálculo político. Cuando un aliado se planta justo en ese punto, lo que está diciendo no es únicamente “tenemos dudas jurídicas”; está diciendo “también queremos margen para negociar”.

Y claro, la oposición feliz. Cómo no. PAN y MC aprovecharon el choque para retratar el episodio como prueba de que la reforma ni siquiera convence a quienes deberían respaldarla. Es un regalo narrativo: no tuvieron que tumbar la propuesta, solo sentarse a ver cómo el oficialismo explicaba por qué uno de los suyos apretó el freno. En política, a veces el mejor ataque es esperar a que el rival se desgaste solo.

Lo más interesante es que Morena insiste en que el dictamen sigue vivo y que el proceso avanza. Y sí, puede avanzar. Puede votarse, modificarse y hasta aprobarse. Pero el daño narrativo ya ocurrió. Porque una reforma de este tamaño no solo necesita votos; necesita una sensación de rumbo, de mando, de orden. Y hoy lo que dejó este episodio fue exactamente lo contrario: dudas, forcejeos y una coalición oficialista negociando en público lo que antes parecía resolver en privado.

La verdadera lección no es que el Plan B haya muerto. Es otra: gobernar con mayoría no te salva de la política. Solo te obliga a practicarla dentro de casa. Y a veces eso sale más caro que pelear con la oposición.

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