La primera quincena de marzo dejó una señal incómoda: los precios en México volvieron a apretar. Y como siempre, el golpe no entra por la macroeconomía, sino por la cartera.
La inflación en México volvió a dar señales de vida, por si alguien pensaba que ya andaba dormida. En la primera quincena de marzo de 2026, la inflación anual se ubicó en 4.63%, por encima del rango objetivo de Banco de México, que es 3% con un margen de un punto porcentual hacia arriba o hacia abajo. O sea, para decirlo en español de recibo y tiendita: sí, otra vez estamos fuera de la zona cómoda.
Y aquí es donde entra el clásico drama nacional: en la tele te hablan de “presiones inflacionarias”, pero en la vida real eso se traduce en algo mucho más elegante y doloroso: vas por tres cositas y sales sintiendo que acabas de financiar una pequeña startup. Porque la inflación no se siente en una gráfica, se siente cuando el carrito del súper trae menos y la cuenta trae más.
Lo más revelador de este repunte es que no fue puro berrinche de un solo producto. La inflación subyacente, que es la que suele usarse para medir la tendencia más persistente, llegó a 4.46% anual. Ahí pesaron especialmente alimentos, bebidas y tabaco, con 5.91%, y los servicios educativos, con 5.96%. La no subyacente fue de 5.18%, y dentro de esa categoría destacaron frutas y verduras, con un alza anual de 8.34%. Traducción práctica: lo básico sigue poniéndose creativo con los precios.
Y eso pega distinto según quién lo mire. Para algunos, es una cifra fea. Para otros, es el momento exacto en que el jitomate, la cebolla o la fruta dejan de ser comida y empiezan a cotizarse como experiencia premium. México es ese país donde de pronto comprar aguacate ya se siente como entrar a una boutique. Uno no pregunta cuánto cuesta: uno respira hondo y decide si de verdad lo necesita emocionalmente.
Pero el punto serio es otro. Cuando la inflación repunta, no afecta parejo. A quien más le pega no es al que reajusta su presupuesto en una hoja de Excel, sino al que vive al día. A la familia que no puede “posponer consumo”, porque lo que compra no son lujos: son tortillas, transporte, frutas, colegiaturas, comida corrida y todo eso que jamás aparece en los discursos glamorosos sobre resiliencia económica. La inflación tiene esa mala costumbre: castiga más a quien menos margen tiene.
Además, este dato le mete ruido a lo que venga con las tasas de interés. Si la inflación sigue necia, Banco de México podría tener menos espacio para relajarse. Y eso significa créditos más caros o menos alivio para familias y empresas. O sea, no solo duele la despensa: también se encarece el futuro.
Lo más desesperante es que en México ya desarrollamos una relación tóxica con los precios. Cada quincena revisamos el dato con la esperanza de que ahora sí se calme la cosa, y cada visita al mercado nos recuerda que la economía también sabe hacer gaslighting. Te dicen que ya va mejorando, pero tú sigues pagando más por menos.
Al final, la inflación no necesita hacer escándalo para arruinar el ánimo. No rompe vitrinas, no toma carreteras, no da conferencias. Solo hace algo más efectivo: te encoge el dinero en silencio.
Y ese, quizá, es su truco más cruel. Que mientras todos discuten porcentajes, tu cartera ya entendió el mensaje desde hace rato.


