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700 TONELADAS Y NADIE: EL DERRAME YA TIENE CIFRA, NO CULPABLE

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Setecientas toneladas de crudo recolectadas. Cuarenta toneladas más retiradas en altamar “para evitar” que llegue a playa. Más de 480 kilómetros de litoral “atendidos” y decenas de playas intervenidas. La cifra ya es escandalosa por sí sola. Pero lo que vuelve esto político —y no solo ambiental— es el dato que no cambia: todavía no hay responsable.

En la versión oficial, el derrame está “bajo control operativo” y se trabaja de manera coordinada. En la realidad, lo que se ve es un operativo de limpieza que crece, mientras la explicación se vuelve resbalosa. En lugar de una línea clara —origen, volumen derramado, evidencia, sanción— aparece una mezcla que suena conveniente: un “buque” no identificado y “emanaciones naturales” en el mar. Dicho en simple: el culpable podría ser cualquiera… o nadie.

Ese guion tiene un problema básico: a partir de cierto tamaño, un derrame deja de ser un accidente y se convierte en un hecho que obliga a trazabilidad. Porque si ya pudiste cuantificar toneladas y kilómetros, entonces también deberías poder sostener una hipótesis verificable del origen, con datos que se puedan auditar. Si no, el conteo de toneladas se vuelve una estadística para calmar, no una ruta para responder.

Además, el derrame ya rebasó la “mala imagen” turística y entró al terreno donde se rompe lo que no se recupera rápido: ecosistemas sensibles, manglares, esteros, zonas de pesca y áreas donde el crudo no se queda en la arena, se queda en la cadena alimenticia. Limpiar una playa es posible; limpiar un arrecife o un estero contaminado es otra historia. Y aun así, la discusión pública suele detenerse en la bolsa negra levantada para la foto.

Hay otro punto incómodo: el país está viendo limpieza, pero no está viendo rendición de cuentas. No se trata de “culpar por culpar”. Se trata de una pregunta elemental: si esto ocurrió en una región con actividad petrolera y tránsito marítimo constante, ¿cómo es posible que el origen siga en sombra? ¿Dónde están los registros de navegación, los reportes de mantenimiento, los puntos de riesgo, las bitácoras, la coordinación internacional si hay barcos involucrados? En crisis así, la opacidad no es un efecto secundario: es una decisión.

Mientras tanto, la factura se reparte donde siempre: comunidades costeras, pescadores, prestadores de servicios y municipios que dependen del mar para vivir. A ellos les llega primero el impacto y al final —si llega— la compensación. Y cuando la historia se alarga, el peor riesgo aparece: la normalización. Que el país se acostumbre a “otra semana” de chapopote como si fuera temporada de sargazo, solo que con petróleo.

Setecientas toneladas son un número demasiado grande para quedarse en reporte. Si no hay responsable, el mensaje para el siguiente derrame es perverso: se puede contaminar a gran escala y, con suficiente tiempo, el mar se lleva la evidencia y el Estado se queda con la escoba. Aquí la urgencia no es solo limpiar: es decir quién lo provocó, cómo pasó y quién lo paga. Sin eso, lo único “bajo control” no es la contaminación: es la narrativa.

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