La tragedia no ocurrió en la carretera, ni en una madrugada de “fiesta”. Ocurrió donde la gente suele estar más vulnerable: afuera de un hospital, esperando. Un conductor presuntamente ebrio atropelló y mató a cuatro familiares de pacientes frente a una clínica del IMSS en Tecámac, Estado de México. No eran transeúntes al azar: eran personas que estaban ahí por alguien más, en esa rutina silenciosa de acompañar enfermos, turnarse para vigilar, comer lo que se pueda y aguantar el cansancio.
De acuerdo con los primeros reportes, el vehículo se subió a la banqueta y arrolló a quienes estaban afuera. La zona fue acordonada y arribaron servicios de emergencia y autoridades para los peritajes. La imagen es la más dura de todas: no es un choque, es una irrupción. La banqueta, el espacio “seguro”, se volvió el lugar del impacto.
El dato de que el conductor iba ebrio —si se confirma en dictámenes— no es un detalle, es el centro. Porque manejar alcoholizado no es “accidente”: es decisión. Y en México esa decisión sigue siendo socialmente tolerada con una facilidad absurda. Se normaliza el “solo fueron unas”, se minimiza con el “manejo bien”, se esconde en el “me voy despacio”. Hasta que el automóvil hace lo que siempre hace cuando alguien pierde el control: se vuelve un arma.
Que haya ocurrido en el IMSS añade una capa de indignación. Los hospitales, por definición, concentran personas en espera: familiares que pasan horas fuera, sin sillas suficientes, con banquetas estrechas, sin resguardo, expuestos. Tecámac no es excepción. La infraestructura alrededor de clínicas suele ser hostil: poca iluminación, tráfico pesado, falta de control real de velocidad y ausencia de barreras físicas que protejan a peatones cuando un coche se sale de carril. En ese entorno, basta un conductor irresponsable para que la tragedia sea inevitable.
Lo que sigue casi siempre es el mismo ritual: detención, peritajes, declaraciones, “se investigará”. Pero aquí la discusión no puede quedarse en el expediente. Porque el responsable directo puede ser uno, pero el problema es de sistema. ¿Dónde están los filtros efectivos contra conducir ebrio? ¿Dónde está el control vial real en zonas hospitalarias? ¿Por qué las clínicas permiten que la gente espere sobre banquetas sin protección mínima, como si fuera normal que un vehículo pueda invadir el espacio peatonal?
También está el componente humano que se pierde en la estadística: murieron familiares de pacientes. Eso significa que, además de cuatro víctimas mortales, hay un paciente hospitalizado que recibió el golpe por duplicado. Significa familias que estaban cuidando a alguien y ahora tendrán que enterrar a otro. Significa que el hospital —lugar de curación— se convirtió en escenario de muerte por una negligencia externa.
Esa es la parte que más duele: no estaban cruzando a media avenida, no estaban “arriesgando”. Estaban esperando. Y la espera, en México, ya es suficientemente cruel en el sistema de salud como para que encima termine así.
Si este caso termina solo con un culpable y un proceso, el país habrá aprendido poco. Porque la lección de Tecámac no es “un conductor ebrio”. Es que seguimos permitiendo que el alcohol al volante sea una ruleta y que los espacios de mayor fragilidad —hospitales, escuelas, paradas— no tengan protección física real. La tragedia ya ocurrió. Lo mínimo es que no se repita con el mismo guion.








