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AIFA, IA y la credibilidad oficial

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Cuando el Gobierno responde a las críticas con cifras, pero arrastra un historial reciente de desmentidos torpes y rectificaciones públicas, el problema deja de ser solo el aeropuerto. La discusión real pasa por la confianza: quién informa mal, quién corrige tarde y quién termina pagando el costo político de una versión oficial que ya no siempre convence.


La defensa reciente de Claudia Sheinbaum sobre el AIFA habría sido una respuesta política normal en cualquier otro contexto. La presidenta rechazó las críticas sobre la afluencia del aeropuerto, las calificó como “mentira y calumnia” y sostuvo que durante Semana Santa la terminal movió más de 160 mil pasajeros, además de insistir en que la infraestructura seguirá creciendo. El problema es que esa defensa ya no ocurre en terreno neutral: llega después de varios episodios en los que la narrativa oficial ha querido desactivar una polémica primero y verificarla después.

Ahí entra el ingrediente que volvió todo más incómodo: la inteligencia artificial como coartada política. Hace apenas unos días, el caso de la mujer captada en una ventana de Palacio Nacional mostró justo ese patrón. Primero, desde el circuito oficial se impulsó la idea de que las imágenes eran falsas o generadas con IA; después, la propia Sheinbaum confirmó que el hecho sí ocurrió y que la persona fue sancionada. Más tarde incluso se reportó la retractación pública de Infodemia tras confirmarse la autenticidad del video.

Ese antecedente pesa mucho más de lo que parece. Porque cuando un gobierno se acostumbra a descalificar lo incómodo con la etiqueta de “fake”, “campaña”, “odio” o “seguro fue IA”, termina debilitando su propia palabra. Ya no importa solo si el AIFA tuvo 164 mil 525 pasajeros en una semana o si las imágenes críticas que circulan en redes son parciales. Lo que empieza a importar es si la presidenta está recibiendo información confiable, si su equipo le maquilla el contexto o si la estrategia oficial consiste en negar primero y aceptar después, cuando ya no queda salida.

Ese es el fondo del asunto. Puede que haya cobertura sesgada, exageraciones opositoras o recortes tramposos en redes; eso existe y seguirá existiendo. Pero también es cierto que el Gobierno no ayuda cuando convierte cada crisis en una pelea de narrativa antes que en un ejercicio de verificación. Después del episodio de la ventana de Palacio, perdió fuerza para pontificar sobre qué sí es real y qué no. Porque si el propio aparato oficial sugirió IA y luego la presidenta terminó confirmando que el hecho era verdadero, el daño ya no fue al adversario ni al medio: fue a la credibilidad institucional.

La ironía es durísima. En un momento en que la IA sí representa un reto real para distinguir verdad, manipulación y propaganda, el Gobierno parece usarla no solo como problema tecnológico, sino como escudo narrativo. Y eso es peligrosísimo. Porque cuando todo puede descartarse como montaje, ya no solo se erosiona la verdad: también se erosiona la capacidad del poder para convencer sin imponer. Si Sheinbaum quiere que su defensa del AIFA sea tomada en serio, no basta con citar cifras. Necesita algo más básico: que la versión oficial vuelva a parecer confiable. Hoy, ese es justamente el vuelo que sigue sin despegar.

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