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Del meme al oso político

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Movimiento Ciudadano quiso colgarse del boom de La Oficina usando la cara de Fernando Bonilla sin permiso. El problema es que no les salió una campaña creativa: les salió un capítulo perfecto sobre cómo convertir una ocurrencia en crisis.

La política mexicana tiene una debilidad muy clara: cree que todo lo viral se puede reciclar como propaganda. Ve una serie en tendencia, un personaje que conecta con la gente, un meme que ya vive solo en redes, y de inmediato aparece la tentación de convertir eso en campaña barata. El problema es que entre “sumarte a la conversación” y usar la cara de alguien sin permiso hay una diferencia enorme. Y Movimiento Ciudadano acaba de recordárselo a todo el mundo de la peor forma.

Fernando Bonilla, actor de La Oficina, explotó públicamente porque usaron su imagen para propaganda política sin autorización. Y no lo dijo en tono diplomático ni con comunicado tibio. Se molestó de verdad. Eso vuelve el caso todavía más incómodo, porque la jugada deja de parecer “ingeniosa” y empieza a verse como lo que muchas veces es la comunicación política cuando quiere ser cool a la fuerza: una apropiación medio torpe de lo que está funcionando en internet.

Lo interesante aquí es que el escándalo no depende de haber visto la serie. Sí, ayuda saber que Bonilla interpreta a Jerónimo Ponce III, el jefe imprudente y ridículo de La Oficina, una figura diseñada precisamente para representar el caos godín, las malas decisiones y la incomodidad constante. Pero incluso sin ese contexto, el punto central es clarísimo: un partido agarró la cara de un actor y la metió a su propaganda sin pedirle permiso. Eso ya no es referencia pop. Eso ya es abuso de imagen con empaque juvenil.

Y encima eligieron mal el vehículo. Porque si algo representa ese personaje es la incomodidad del tipo que cree que está haciendo algo brillante mientras todo se desmorona alrededor. En otras palabras: justo la energía que terminó proyectando MC con esta ocurrencia. Quisieron verse cercanos, modernos y subidos al hype de una serie que está pegando fuerte en México. Terminaron pareciendo oficina improvisada de campaña donde alguien dijo “estaría padrísimo usar esto” y nadie se detuvo dos segundos a preguntar si se podía.

Ese es el verdadero fondo del asunto. Hoy muchos partidos siguen creyendo que comunicar bien es hablar como meme, colgarse de tendencias y disfrazar propaganda de chiste compartible. Pero la audiencia ya no es tan tonta. La gente distingue cuándo una referencia sale natural y cuándo un equipo político intenta ponerse la gorra juvenil cinco tallas tarde. Y cuando además el protagonista de esa referencia sale públicamente a rechazarlo, el efecto ya no es simpatía. Es pena ajena.

Lo más irónico es que La Oficina funciona justamente porque se burla de ambientes laborales donde la torpeza, la soberbia y la falta de autocrítica producen caos. Por eso la referencia terminó volteándose contra quienes la usaron. No aprovecharon el fenómeno: lo encarnaron.

Al final, este caso retrata perfecto un vicio de la política mexicana contemporánea: querer comprar autenticidad con plantillas virales. Y eso casi siempre acaba igual. No en tendencia positiva, sino en escándalo, regaño público y crisis innecesaria.

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