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El Verde ya no quiere cargarle la cola a Morena

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El PVEM ya empezó a comportarse como ese aliado que creció dentro de la coalición y ahora quiere cobrar como protagonista. En CDMX dice que no hay comunicación con Morena; en San Luis presume que puede ganar solo.

El Partido Verde ya no quiere seguir saliendo en la foto como acompañante. Después de años de vivir cómodo como aliado útil, comparsa rentable y socio electoral de ocasión, ahora empezó a hablar como si también mereciera el centro de la pista. Dicho en español de fiesta: el Verde ya no quiere ser el chambelán de Morena. Ya quiere su propia fiesta.

La señal salió clarita desde dos frentes. En la Ciudad de México, Jesús Sesma dijo que el PVEM se prepara para competir solo en 2027 y que ni siquiera hay comunicación con Morena capitalino. La frase fue tan reveladora como cínica: sin noviazgo no hay matrimonio. O sea, el Verde ya ni siquiera está fingiendo romance político. Está diciendo públicamente que la relación está fría y que, si van juntos, no será por amor sino por cálculo.

En San Luis Potosí el mensaje fue todavía más descarado. Ahí el Verde presumió músculo propio y lanzó el aviso de que puede ir sin Morena para retener la gubernatura. No es una amenaza menor. Es el partido diciendo: ya probé que puedo ganar aquí, ya construí territorio, ya tengo estructura, ya tengo apellido, y ahora tú me respetas o me compites. Eso cambia por completo la lógica de la alianza. Morena deja de ser el hermano mayor que invita; el Verde empieza a comportarse como socio que ya subió la tarifa.

Y luego está el nombre que vuelve todo más incómodo: Ruth González. La senadora del PVEM y esposa del gobernador Ricardo Gallardo aparece como la gran carta verde para 2027. Manuel Velasco dijo este 15 de abril que ella todavía no define si será candidata, pero también reconoció que va arriba en encuestas. Ahí entra el choque delicioso entre discurso y práctica. Porque mientras la 4T presume lucha contra el nepotismo, en San Luis el Verde parece estar armando una sucesión con moño familiar y sonrisa de “no pasa nada”.

Lo interesante no es solo que el Verde quiera ir solo. Lo realmente jugoso es que ya entendió cuánto vale dentro del bloque oficialista. Durante años fue el aliado perfecto: flexible, negociable, sin demasiada ideología y siempre disponible para sumarse al poder en turno. Pero justo por eso ahora sabe algo importante: que Morena también lo necesita. Y cuando un aliado descubre que dejó de ser decorativo, empieza a hablar distinto. Empieza a pedir más candidaturas, más posiciones, más respeto y más margen para imponer condiciones.

Por eso esto no suena a ruptura sentimental. Suena a negociación con chantaje elegante. El Verde no está diciendo “me voy porque tengo principios”. Está diciendo “si quieres que me quede, me tratas como grande”. Y ahí está la ironía más bonita de todas: el partido que durante años fue visto como satélite ahora quiere que lo miren como planeta.

Quizá todavía no haya divorcio. Pero la alianza ya entró en esa fase donde uno de los dos dejó de cargar las flores… y ya está preguntando dónde se sienta en la mesa principal.

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