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Jitomatazo al bolsillo

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El jitomate ya se volvió otra piedra en el zapato para el gasto familiar. Su precio ha subido más de 42% en México y el golpe no cae en un producto de lujo ni en un consumo ocasional, sino en uno de los ingredientes más comunes de la cocina diaria. Cuando sube el jitomate, no solo se encarece una verdura: se encarece la rutina.

La explicación fácil sería culpar al clima y seguir de largo. Pero el problema viene más cargado. De acuerdo con el análisis retomado por Imagen Radio, el encarecimiento responde a una mezcla de menor producción, sequías, problemas de crédito y decisiones comerciales que terminaron debilitando al sector. Es decir, no se trata únicamente de una mala semana en los mercados, sino de un campo que sigue arrastrando fallas estructurales mientras desde arriba todavía se intenta administrar la crisis con verificaciones en tianguis y centrales de abasto.

Ahí está una de las partes más incómodas del asunto. El discurso oficial puede mandar a revisar precios, apretar inspecciones y buscar abusos, pero eso no resuelve por sí mismo la caída en la capacidad productiva. Si hay menos oferta, si los agricultores enfrentan menos incentivos y si además la cadena carga con sequía y falta de financiamiento, el problema no se corrige regañando al mercado. Se corrige con política agrícola seria, y justo ahí es donde el encarecimiento del jitomate exhibe una grieta más profunda.

El caso pega todavía más porque no viene solo. En el mismo análisis también se reportan alzas de 42% en el pepino y de 18% en el limón en apenas un mes, lo que dibuja una presión local sobre la canasta básica. No es la clásica historia de echarle la culpa a factores globales para salir del paso. Aquí el golpe está naciendo dentro del país, en la parte más sensible del consumo popular.

Y eso cambia el tono del problema. Porque una cosa es prometer estabilidad cuando la inflación viene importada y otra muy distinta es verla crecer desde adentro, en productos que millones compran casi sin pensarlo. El jitomate no está caro por capricho ni por moda. Está caro porque el campo sigue sin una ruta clara y porque las decisiones acumuladas terminan reventando donde siempre: en la bolsa del consumidor.

Lo más delicado es que este episodio también funciona como advertencia. Si el jitomate ya se disparó y al mismo tiempo se anticipan tensiones en otros básicos como la tortilla, el mensaje es claro: el problema no es un precio aislado, sino una cadena alimentaria cada vez más presionada. Mientras se discute si hay razones o no para nuevos aumentos, en la calle la respuesta ya llegó en forma de ticket más caro. Y el bolsillo, a diferencia del discurso, no negocia.

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