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La tortilla no miente

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El maíz bajó, pero la tortilla no. Y esa contradicción dice más sobre la economía mexicana que muchos discursos oficiales sobre inflación y estabilidad.

En México hay productos que funcionan como termómetro social, y la tortilla es probablemente el más claro de todos. No necesita campañas, voceros ni análisis sofisticados para mandar un mensaje. Cuando sube, el país lo siente. Cuando no baja, aunque el maíz sí lo haga, también está diciendo algo. Y lo que está diciendo ahora es bastante incómodo.

La lógica parecería simple: si baja el maíz, debería bajar la tortilla. Pero no. El grano cayó y el precio final siguió resistiéndose, como si el mercado mexicano tuviera reglas propias, una especie de humor negro económico donde el insumo se abarata y el consumidor de todos modos pierde. Ese desfase revela el verdadero problema: en México ya casi nada depende de una sola variable. El costo final está amarrado a una cadena de presiones que el discurso oficial no controla con la misma facilidad con la que anuncia acuerdos.

Gas, luz, transporte, renta, inseguridad, extorsión, costos laborales, logística y presión inflacionaria internacional. Todo eso termina metido en un kilo de tortilla. Y ahí está el golpe. Durante años se nos ha vendido la idea de que ciertos precios pueden contenerse con voluntad política, llamados públicos o pactos sectoriales. Suena bien. El problema es que la realidad no responde a ruedas de prensa. Responde a costos reales.

Por eso la tortilla exhibe algo más profundo que un simple aumento. Exhibe el límite del relato. El Gobierno puede decir que no hay razones para subir, puede insistir en que el maíz bajó y puede pedir estabilidad al sector, pero el mercado final no se mueve por exhortos. Esa misma lógica ya se vio con las gasolinas, cuando la estrategia parecía ir por el camino de señalar con lonas a las estaciones “castigadas”, casi como si la economía pudiera corregirse con vergüenza pública. El gesto servía para el mensaje político. El bolsillo seguía contando otra historia.

Y encima está el factor global. La guerra, la inestabilidad energética y la presión sobre combustibles y cadenas de suministro sí terminan pegando. Tal vez no de manera tan visible como en los titulares internacionales, pero sí en lo cotidiano. La distancia entre un conflicto internacional y una tortillería de barrio parece enorme, hasta que el transportista paga más, la operación se encarece y ese sobrecosto aterriza en la mesa del consumidor. Ahí es donde el mundo deja de parecer lejano.

La tortilla importa tanto porque no es un lujo ni un capricho. Es base. Es rutina. Es supervivencia para millones. Por eso su precio tiene una carga política y emocional distinta. No se discute como se discute un gadget, un coche o unas vacaciones. Se discute como se discute la posibilidad de comer.

El dato duro aquí no es solo que el maíz bajó y la tortilla no. El dato duro es que México sigue sin resolver todo lo que encarece la vida aunque el insumo principal se abarate. Y mientras eso no cambie, cada kilo será una prueba de que la inflación no siempre se gobierna desde el micrófono.

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