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La alianza oficialista ya no quiere migajas

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El mensaje del Verde y del PT en la Ciudad de México no suena a berrinche pasajero. Suena a algo más serio: aliados que ya no quieren acompañar a Morena, sino cobrar más, negociar más y, si hace falta, competir solos.

Durante años, la alianza oficialista funcionó como una maquinaria bastante simple de entender: Morena encabezaba, el PT y el Verde acompañaban, y todos terminaban alineados bajo el peso político de Andrés Manuel López Obrador. Había jaloneos, claro, pero al final se imponía la lógica del proyecto, la disciplina del bloque y el cálculo de que a todos les convenía caminar juntos. Esa etapa empieza a verse mucho más frágil. Lo que dijeron esta semana el PVEM y el PT en la Ciudad de México no parece una simple diferencia de oficina ni un malentendido entre dirigencias. Se parece más a una señal de desgaste estructural: afirmaron que no hay relación ni comunicación con la dirigencia capitalina de Morena de cara a 2027. Jesús Sesma dijo que no se van a quedar esperando el llamado, mientras Ernesto Villarreal advirtió que una alianza solo tendría sentido si hay respeto y una coalición justa. Eso ya no suena a aliado disciplinado; suena a socio que está enseñando el precio de su respaldo.

La parte relevante no es solo el pleito en la CDMX. Es que encaja con una tendencia más amplia. El Universal reportó hace días que la alianza oficialista cruje rumbo a 2027 y que los partidos que acompañan a Morena aseguran tener fuerza suficiente para contender en solitario en varias gubernaturas. Excélsior incluso informó que el PVEM decidió ir solo por San Luis Potosí en 2027, desafiando abiertamente la lógica del bloque. Cuando estas señales se empiezan a repetir en distintos frentes, ya no se ven como caprichos locales: se ven como una disputa real por poder, posiciones y futuro político.

Y eso tiene una explicación bastante clara. Mientras AMLO era el gran pegamento del movimiento, la ambición interna se administraba mejor. Había liderazgo vertical, control del ritmo político y una figura capaz de ordenar lealtades incluso entre quienes competían por dentro. Hoy el escenario es distinto. Sheinbaum sigue siendo la figura central del poder, pero la vida interna de Morena ya está mostrando tensiones suficientes como para que ella misma haya intervenido en la reorganización del partido y de sus alianzas rumbo a 2027. El País reportó que colocó a Citlalli Hernández en la Comisión de Elecciones y Alianzas precisamente para enfrentar tensiones dentro de la dirigencia y con el PT y el PVEM. Cuando la presidencia tiene que entrar a meter orden de esa manera, es porque el desacomodo ya dejó de ser menor.

Lo que se está viendo, en el fondo, es una transición del compañerismo electoral a la disputa abierta por el pastel completo. Ya no basta con obtener espacios negociados, rebanadas simbólicas o candidaturas menores. Cada fuerza está midiendo cuánto vale por sí sola, cuánto puede chantajear con su salida y cuánto puede crecer si deja de actuar como satélite de Morena. Por eso crece el desorden. Por eso aparecen las amenazas veladas. Por eso cada declaración pública suena menos a coalición y más a regateo feroz.

Todavía no estamos viendo una estampida de líderes o partidos, pero el ambiente ya huele a eso: a una alianza donde la lealtad pende de un hilo y donde cada actor empieza a preguntarse si le conviene más quedarse o saltar antes de que el reparto final lo deje fuera. Ese es el riesgo real para Morena. No solo perder cohesión. También empezar a descubrir que, sin el viejo mando absoluto, sus aliados ya no se conforman con sentarse a la mesa. Ahora quieren quedarse con la cocina.

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