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Cuando te dicen no hay medicina

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La protesta del personal de salud en Veracruz no solo exhibe adeudos laborales. También pone frente a la gente una realidad que muchos ya conocen demasiado bien: llegar al hospital y escuchar que no hay insumos, no hay medicamentos o no hay con qué atender.

Hay frases que en México ya suenan demasiado normales, aunque no deberían. “No hay medicamento”. “Regrese después”. “La receta la tiene que surtir por fuera”. Por eso la protesta del personal de salud en Veracruz pega tanto: porque no se siente ajena, se siente conocida. Lo que hoy denuncian miles de trabajadores desde dentro del sistema es, en buena medida, lo mismo que muchísimos pacientes llevan tiempo padeciendo desde afuera. Trabajadores sindicalizados de la Secretaría de Salud iniciaron una movilización estatal para exigir abasto de medicamentos, pagos pendientes, plazas y otras prestaciones; además, el movimiento se extendió a decenas de hospitales, más de 800 centros de salud y las 11 jurisdicciones sanitarias.

Eso vuelve la historia mucho más seria que una simple protesta laboral. No estamos viendo solo un pleito de nómina ni una disputa administrativa entre sindicato y gobierno. Estamos viendo al propio personal decir que ya no tiene lo básico para trabajar bien. Y cuando los que deberían estar curando salen a reclamar medicamentos, insumos y condiciones mínimas, el mensaje es demoledor: el sistema no solo está fallando para el paciente, también está fallando para quienes lo sostienen todos los días. La Jornada resumió el reclamo en dos ejes muy claros: incumplimiento de derechos laborales y falta de insumos médicos para trabajar.

Lo más incómodo es que este problema no estalló de un día para otro. Los trabajadores sostienen que varios de sus pendientes vienen desde el inicio de la actual administración estatal o, al menos, desde hace más de un año sin resolución. Eso cambia el tono de la conversación. Ya no es un retraso aislado ni un error de escritorio; es acumulación, desgaste y una forma de administrar la salud pública a puro aguante. Y aun así, el personal anunció que mantendría la atención a la población y no suspendería los servicios esenciales. Ese detalle importa mucho, porque mientras reclaman al sistema, también intentan no castigar más a los pacientes.

Ahí aparece la dimensión social más potente del caso. Mucha gente que vea esta nota no la va a procesar como un conflicto sindical, sino como una escena ya vivida: llegar con un familiar enfermo y escuchar que no hay medicina, que falta material, que no hay cama o que todo se va a resolver “mañana”. La protesta conecta porque traduce en pancartas lo que muchísimas personas ya han sentido en carne propia. En ese sentido, el personal de salud y el paciente no están en lados opuestos; más bien están atrapados dentro del mismo problema. Uno sufre el desabasto detrás del mostrador; el otro, enfrente.

También hay una capa política que no se puede ignorar. Medios locales reportaron que incluso se contemplaban protestas durante la visita presidencial a Veracruz, lo que convertía la movilización en un asunto todavía más incómodo para el discurso oficial. Porque una cosa es hablar de mejoras en el sistema y otra muy distinta es que el propio personal te reciba recordando que faltan insumos, pagos y respuestas. La protesta pone en evidencia una contradicción muy mexicana: el discurso de la transformación suele sonar muy bien hasta que alguien necesita una medicina concreta.

Al final, lo de Veracruz no debería leerse solo como una queja de trabajadores. Debería leerse como una alerta pública. Si quienes atienden ya salieron a decir que así no se puede, lo que viene no es solo una discusión laboral. Es una advertencia sobre el estado real de la salud pública. Y esa sí nos toca a todos.

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