back to top

La nueva guerra no va solo contra el capo

Date:

Comparte en tus redes

Estados Unidos acaba de mandar un mensaje incómodo: el cerco ya no es solo para los jefes del narco, también para el entorno que les ayuda, los acompaña o disfruta los privilegios del negocio.

La decisión de Estados Unidos de restringir visas a 75 familiares, allegados personales o socios de negocios de personas vinculadas al Cártel de Sinaloa no es una anécdota migratoria ni un gesto simbólico menor. Es, en realidad, una declaración política bastante clara: Washington quiere dejar de tratar al narco solo como una lista de capos y empezar a castigar también al ecosistema que lo rodea. El propio Departamento de Estado lo dijo sin rodeos al anunciar la medida y explicar que busca proteger a los estadounidenses de los efectos de estas organizaciones y de las drogas que trafican.

Eso importa porque durante años buena parte del discurso sobre seguridad se construyó alrededor de una ficción muy cómoda: atrapar al gran jefe, exhibirlo en conferencia, anunciar un golpe espectacular y vender la idea de que el problema estaba resuelto. Pero el narco nunca fue solo el hombre armado o el líder con apodo temible. También fue la red de protección, de dinero, de negocios, de relaciones familiares, de círculos sociales y de facilidades cotidianas que hacen posible que ese poder siga respirando. Cuando Estados Unidos le pega a ese entorno, el mensaje es bastante directo: no solo se vigila al que da la orden, también al que se beneficia de vivir cerca del poder criminal.

Hay algo profundamente político en esa jugada. Quitar o restringir visas no equivale a una sentencia penal; es una herramienta administrativa y diplomática. Pero justo por eso tiene una carga simbólica muy fuerte. No necesita probar en público todo lo que probaría un tribunal para volverse un castigo real. Basta con cerrar la puerta. Y para ciertos perfiles, perder el acceso a Estados Unidos no es un detalle menor. No es solo el viaje. Es el negocio, el contacto, la operación financiera, la vida aspiracional y, sobre todo, el estatus. De pronto, la cercanía con el crimen deja de sentirse como protección y empieza a parecer lastre.

La parte incómoda para México es otra. Mientras del lado estadounidense se afina una estrategia que busca cercar también a los beneficiarios y acompañantes del narco, aquí muchas veces seguimos atrapados entre discursos grandotes, indignaciones selectivas y respuestas que parecen llegar siempre después del escándalo. No se trata de romantizar la política de Washington ni de asumir que una restricción de visas resolverá el problema. No lo hará. Pero sí deja en evidencia una diferencia de enfoque: allá entendieron que el crimen organizado no se sostiene solo con fusiles, sino también con redes sociales, económicas y familiares. Y esas redes también se castigan.

Por eso esta medida pega tanto en la conversación pública. No porque haya tumbado al Cártel de Sinaloa de un solo golpe, sino porque exhibe algo que se dice poco: los capos rara vez operan solos, y el glamour que a veces rodea al narco tampoco se fabrica solo. Se alimenta de círculos cercanos, de comodidades, de silencios y de gente que durante años ha podido vivir bastante bien sin pagar costos visibles. La visa, en ese contexto, funciona como una forma de romper esa normalidad. De decir: quizá no te estamos esposando hoy, pero tampoco te vamos a seguir abriendo la puerta como si aquí no pasara nada.

Descubre más desde 1M Noticias

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo