Cuando el Estado falla, la responsabilidad se traslada al ciudadano: menos consumo, más paciencia, más miedo y menos derechos.
La frase no siempre se dice literalmente, pero el mensaje ya se volvió costumbre: ajústese usted.
Si no hay medicinas, consiga por fuera. Si no hay cita, espere. Si la luz sube, consuma menos. Si la inflación pega, compre otras cosas. Si desaparece una mujer que salió a buscar trabajo, la familia debe presionar, buscar cámaras, mover redes y perseguir a la Fiscalía para que haga su trabajo.
Poco a poco, la falla pública se convierte en carga privada.
El problema no desaparece. Cambia de dueño.
Ya no es desabasto: es que usted no buscó bien. Ya no es inseguridad: es que usted se expuso. Ya no es inflación: es que usted compra mal. Ya no es impunidad: es que usted no presionó lo suficiente. Ya no es corrupción: es que usted no entendió la narrativa.
Esa es una de las formas más peligrosas del poder: convencer al ciudadano de que exigir lo básico es pedir demasiado.
Porque cuando un gobierno convierte cada crisis en responsabilidad individual, deja de rendir cuentas. El hospital no falla, falla la familia que no compró insumos. La Fiscalía no falla, falla la víctima que no insistió. El sistema eléctrico no falla, falla quien quiere prender el ventilador. La economía no falla, falla quien insiste en comer lo mismo.
Y así se construye un país donde sobrevivir se presume como logro de gobierno.
La 4T no inventó todos los problemas de México, pero sí ha perfeccionado una respuesta políticamente muy cómoda: si algo sale bien, es transformación; si algo sale mal, es culpa del pasado, de la oposición, del mercado, de la prensa, de la gobernadora o del ciudadano.
Nunca del poder.
El fondo no es solo administrativo. Es moral. Porque se usa el discurso de austeridad y conciencia social para maquillar carencias. Se le pide sacrificio al ciudadano mientras el Estado conserva el monopolio del aplauso.
Y eso erosiona algo más grave que el bolsillo: erosiona la idea misma de ciudadanía.
Porque ser ciudadano no es agradecer que el gobierno medio funcione. Ser ciudadano es poder exigir que funcione sin ser tratado como enemigo, fifí, exagerado o desinformado.
Cuando todo se reduce a “ajústese”, el país no mejora.
Solo se acostumbra a fallar.










