Los nuevos datos del INEGI muestran que la Generación Z se independiza menos que generaciones anteriores. Pero reducirlo a flojera juvenil es ignorar un país donde la vivienda, el empleo y la estabilidad se han vuelto cada vez más difíciles.
Cada generación tiene su frase favorita para juzgar a la siguiente. A los jóvenes de hoy se les dice que no quieren crecer, que viven demasiado tiempo con sus padres, que no se comprometen, que no se casan, que no tienen hijos y que prefieren la comodidad antes que la responsabilidad. Pero los datos del INEGI obligan a hacer una pausa: quizá la Generación Z no está rechazando la adultez; quizá la adultez se volvió mucho más cara, más inestable y más difícil de alcanzar.
La Encuesta Demográfica Retrospectiva 2025 muestra que las generaciones más jóvenes salen menos del hogar antes de los 18 años, migran menos y retrasan decisiones como formar pareja o tener hijos. En generaciones mayores, alrededor de tres de cada diez personas ya habían salido de casa antes de cumplir 18. En la Gen Z, la cifra baja a menos de dos de cada diez. El cambio es enorme y habla de algo más profundo que una simple diferencia de actitud.
Durante décadas, el guion de vida parecía más claro: estudiar o trabajar, salir de casa, formar pareja, tener hijos y construir patrimonio. Hoy ese camino está lleno de obstáculos. Las rentas subieron, los salarios no avanzan al mismo ritmo, los empleos de entrada suelen ser precarios y comprar vivienda parece, para muchos jóvenes, una meta casi decorativa. No es casualidad que quedarse más tiempo en casa se haya vuelto una estrategia de supervivencia económica.
El problema es que el debate público sigue atrapado en el regaño. Se acusa a los jóvenes de no querer independizarse, pero rara vez se pregunta cuánto cuesta hacerlo. Se les exige madurez financiera, pero se les ofrece un mercado laboral que muchas veces paga poco, exige experiencia absurda y no garantiza estabilidad. Se les pide formar familia, pero no se resuelve el costo de vivienda, salud, transporte, cuidados y educación.
También hay un cambio cultural. La Gen Z estudia más, cuestiona más y no siempre quiere repetir el modelo tradicional de vida adulta. Eso no es necesariamente irresponsabilidad. Puede ser una forma distinta de leer el futuro. Si formar familia implica endeudarse, si mudarse solo implica gastar casi todo el ingreso y si migrar ya no garantiza mejores oportunidades, entonces postergar decisiones puede ser una respuesta racional.
La pregunta incómoda es si México está preparado para una generación que ya no puede cumplir las metas que antes se vendían como normales. Porque si independizarse se vuelve privilegio, si tener hijos se vuelve lujo y si construir patrimonio se vuelve excepción, el problema no está solo en los jóvenes. Está en el modelo económico que les estamos heredando.
La Gen Z no necesita sermones sobre cómo antes todo era más difícil. Necesita condiciones reales para construir futuro. Porque crecer no debería depender de tener padres que puedan sostenerte, un aval con propiedad o un salario que casi nadie ofrece.
Al final, el dato del INEGI no habla de jóvenes flojos. Habla de un país donde la adultez dejó de ser una etapa natural y empezó a parecer una compra a meses sin intereses… pero sin tarjeta aprobada.










