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El caso de Rocha Moya le pega a Palacio Nacional

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La negativa a detener provisionalmente a Rubén Rocha Moya no solo abre un debate jurídico. También exhibe una pregunta política mucho más incómoda: si el gobierno lo cuida tanto, ¿qué tanto teme lo que pueda decir o representar?

El caso de Rubén Rocha Moya ya no cabe solamente en el expediente de Sinaloa. La solicitud de detención provisional hecha por Estados Unidos colocó al gobierno de Claudia Sheinbaum frente a una prueba mayor: demostrar si está defendiendo el debido proceso o si está administrando políticamente el tiempo para proteger a un aliado incómodo.

La explicación oficial ha sido que la Cancillería no recibió pruebas suficientes para justificar la detención del gobernador sinaloense con licencia. Ese argumento, repetido por Luisa María Alcalde, suena ordenado en conferencia, pero abre una duda de fondo: la detención provisional no es una extradición completa. Es una medida urgente. Primero se asegura a la persona señalada y después el país solicitante tiene un plazo legal para presentar el expediente completo.

Por eso la narrativa oficial parece forzada. México no está obligado a actuar como ventanilla automática de Washington, pero tampoco puede esconder una decisión política detrás de un tecnicismo jurídico. Y menos cuando el señalado no es cualquier funcionario: es un gobernador morenista acusado por Estados Unidos de presuntos vínculos con una facción del Cártel de Sinaloa.

A esa tensión se suma el dato que volvió todo más extraño: Omar García Harfuch reconoció que Rocha Moya tiene protección federal por una evaluación de riesgo, pero también dijo que sabía que estaba en Sinaloa, aunque no exactamente dónde. La frase es explosiva. Si el Estado mexicano lo protege, ¿cómo no sabe con precisión dónde está? Y si sí lo sabe, ¿por qué no transparentarlo?

No se trata de revelar información operativa sensible. Se trata de entender por qué un personaje solicitado por Estados Unidos, no detenido, no ubicado públicamente y bajo protección federal, parece moverse en una zona gris. Esa opacidad no calma a la población; la enciende.

El punto más delicado es político. Estados Unidos acusa que Rocha habría llegado al poder en Sinaloa con apoyo criminal. Eso no prueba que la campaña presidencial de Claudia Sheinbaum haya sido financiada por dinero del narcotráfico. Pero sí abre una grieta enorme en la legitimidad del movimiento que lo cobijó. Si Morena respaldó a Rocha antes, si Sheinbaum lo defendió cuando ya existían señalamientos y si ahora su gobierno lo protege, el margen de maniobra de Palacio se reduce.

Porque soltar a Rocha implicaría aceptar que durante años se sostuvo políticamente a alguien con señalamientos gravísimos. Pero protegerlo también tiene costo: cada día que pasa, la sospecha crece.

Sheinbaum puede hablar de soberanía, debido proceso y respeto institucional. Todo eso importa. Pero la soberanía no debe convertirse en coartada para la opacidad, ni el debido proceso en blindaje político.

El problema ya no es únicamente dónde está Rocha Moya.

El verdadero problema es quién lo está cuidando… y para qué.

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