En el peor momento de la educación mexicana, al gobierno se le ocurrió una idea que suena cómoda para la foto, pero desastrosa para la realidad: recortar más de un mes el ciclo escolar y mandar a millones de niños a un descanso que, en los hechos, rozaría los tres meses. La sola idea retrata el tamaño de la desconexión.
Porque esto no ocurre en un sistema educativo fuerte, estable y con resultados de élite. Ocurre en un país donde los resultados de aprendizaje vienen arrastrando rezagos severos y donde millones de estudiantes apenas alcanzan niveles básicos en lectura, ciencias y matemáticas. Es decir: México no está en posición de darse el lujo de tener menos escuela.
El argumento oficial mezcla Mundial y calor. Pero el Mundial se jugará en unas cuantas ciudades y durante unas semanas; el daño educativo se repartiría por todo el país. Y el calor, aunque real y serio en muchas zonas, exige soluciones focalizadas e infraestructura escolar digna, no una salida masiva que castiga por igual a quien sí puede mantener aprendizaje en casa y a quien depende casi por completo de la escuela pública para seguir aprendiendo.
Ahí aparece la fractura social más dura. Para una familia con recursos, adelantar vacaciones significa campamentos, cursos, viajes, clases extra o plataformas educativas. Para una madre sola, para padres que trabajan todo el día, para hogares sin red de cuidados, significa un problema logístico y económico enorme. ¿Quién cuida a esos niños? ¿Dónde pasan la mañana? ¿Quién compensa el tiempo fuera del aula? La escuela pública, con todos sus límites, sigue siendo también un espacio de resguardo, rutina y contención. Recortarla no solo reduce aprendizaje; también traslada el costo a las familias más frágiles.
Y luego está la brecha educativa. La propuesta, si se concreta, ampliaría todavía más la distancia entre quienes ya tienen capital cultural y recursos para no perder ritmo, y quienes apenas sostienen la trayectoria escolar. La escuela privada puede rellenar huecos; la pública suele absorberlos como puede. Cada semana menos de clases en México no pega parejo: golpea más abajo. En un país desigual, los recortes universales casi siempre terminan profundizando desigualdades muy particulares.
Por eso la sospecha política crece. El Mundial y el calor pueden ser factores reales, sí, pero también suenan demasiado útiles como coartada perfecta en un momento en que Morena arrastra el incendio del caso Rocha Moya y necesita mover la conversación pública. No hay prueba de que el calendario sea una maniobra de distracción diseñada en laboratorio, pero en política importa tanto el contexto como la decisión. Y el contexto aquí apesta: un gobierno bajo presión, un escándalo mayúsculo y, de pronto, una idea ruidosa capaz de capturar el debate nacional.
Lo grave es que, incluso si no hubiera cortina de humo, la propuesta seguiría siendo mala. Porque revela una lógica donde la educación vuelve a ser variable de ajuste. En vez de blindar el tiempo escolar, se recorta. En vez de discutir tutorías, aprendizajes perdidos, infraestructura contra el calor o apoyos para familias trabajadoras, se ensaya una salida administrativamente cómoda y socialmente brutal.
México no necesita menos escuela. Necesita mejores escuelas, más tiempo útil de aprendizaje y un gobierno que deje de tratar el calendario como si fuera un trámite menor. Si esto avanza, no será solo una decisión escolar. Será una señal política de época: cuando el país reprueba en aprendizaje, el poder decide que la respuesta puede ser, increíblemente, dar menos clases.






