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La magistrada que acabó en modo feria

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El altercado en la Feria Nacional de San Marcos no solo dejó una detención incómoda; también exhibió ese reflejo de poder donde algunos funcionarios creen que el cargo sirve como salvoconducto.

La detención de una magistrada del Tribunal de Disciplina Judicial de Aguascalientes en plena Feria Nacional de San Marcos tiene todos los ingredientes para volverse viral: feria, tacos, discusión, policías, esposas y una funcionaria pública que, según reportes, habría soltado la frase más gastada del manual del influyente: no saben con quién se meten.

Pero detrás del chisme, que por supuesto se vende solo, hay un tema mucho más serio. Porque no estamos hablando de cualquier persona alterada en una noche de feria. Estamos hablando de una integrante de un órgano que, en teoría, existe para revisar la conducta de quienes forman parte del Poder Judicial.

Ahí está la contradicción. La disciplina judicial no puede ser solo una palabra bonita en el nombre de una institución. Tiene que reflejarse también en la conducta pública de quienes ocupan esos cargos. Porque cuando una autoridad encargada de vigilar comportamientos termina involucrada en un altercado con policías, la discusión deja de ser anecdótica y se convierte en un golpe directo a la confianza institucional.

El problema no es que un funcionario sea humano, se equivoque o tenga una mala noche. El problema es cuando aparece ese reflejo automático de superioridad: creer que un cargo público funciona como blindaje frente a la ley, como pase VIP para gritar, amenazar o resistirse a una autoridad. Esa vieja cultura del “usted no sabe quién soy” sigue siendo una de las formas más claras del abuso de poder cotidiano.

Y justamente por eso el caso pegó tanto. Porque la ciudadanía está cansada de ver autoridades que predican orden, legalidad y respeto desde el escritorio, pero que en la calle actúan como si las reglas fueran para todos menos para ellos. Esa doble moral pesa más cuando viene del mundo judicial, donde la imagen pública importa porque la autoridad moral también sostiene la credibilidad.

La Feria Nacional de San Marcos es un espacio enorme, festivo, masivo y vigilado. Ahí todo se ve. Todo se comenta. Todo se graba. Y en tiempos de redes sociales, un escándalo ya no se queda en la mesa de tacos ni en la barandilla: se convierte en conversación pública en minutos. Esa es la nueva realidad para cualquier figura pública. El cargo ya no tapa el ridículo; muchas veces lo amplifica.

La pregunta de fondo no es solo qué pasó esa noche, sino qué mensaje deja. Si quienes deben representar disciplina y respeto institucional terminan protagonizando escenas de prepotencia, entonces el descrédito no lo provoca la viralidad: lo provoca la conducta.

La justicia también se defiende con comportamiento. No basta con portar un nombramiento, firmar resoluciones o sentarse en un tribunal. La autoridad se cuida todos los días, incluso en una feria, incluso en un puesto de tacos, incluso cuando nadie debería tener que recordarte que el cargo no te hace intocable.

Porque la Feria de San Marcos puede perdonarte la cruda, la mala apuesta y hasta el baile ridículo. Pero no perdona el escándalo. Si haces show, alguien te graba. Y si eres autoridad, no sales en el acta: sales viral.

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