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Chilapa grita y nadie llega

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Chilapa volvió a convertirse en retrato del abandono. Lo que está ocurriendo en la Montaña Baja de Guerrero ya no cabe en la palabra violencia como si fuera una rutina más del estado. Aquí se habla de comunidades sitiadas, asesinatos, desapariciones, ataques con armas de alto calibre, explosivos lanzados con drones y familias enteras huyendo por caminos de terracería mientras el Estado aparece tarde, poco o de plano no aparece.

El caso explotó con más fuerza tras el asesinato de integrantes del Concejo Indígena y Popular-Emiliano Zapata, en una escalada que lleva ya varios días de ataques atribuidos a Los Ardillos. La ofensiva no solo dejó muertos y desaparecidos; también empujó a cientos de personas a abandonar sus casas y buscar refugio en otras comunidades, monte arriba o en cualquier punto donde todavía no entren las balas. En videos y testimonios difundidos desde la zona se ve a mujeres, niños y ancianos caminando con lo que alcanzaron a sacar, huyendo sin certeza de a dónde llegarán.

Lo más grave es que esto no se narra como una irrupción repentina. Los pobladores denuncian que los ataques llevan días y que la violencia ha ido avanzando comunidad por comunidad, quemando casas, matando animales, vaciando pueblos y sembrando terror. La acusación que sale desde el territorio es demoledora: mientras Los Ardillos avanzan, el gobierno parece esperar a que el control criminal se consolide para entonces reaccionar.

Y ahí está el centro del escándalo. No solo la brutalidad del grupo criminal, sino la percepción de abandono absoluto. Habitantes y dirigentes comunitarios desmienten la versión de que haya presencia suficiente del Ejército, Guardia Nacional o policía estatal para proteger a la población. La queja no es menor: mientras desde arriba se habla de atención y seguimiento, desde abajo se graba el vacío.

El drama humanitario también se volvió una disputa por la verdad. Autoridades han manejado cifras menores de desplazados, mientras las comunidades aseguran que son muchos más, incluso más de mil personas fuera de sus casas. Esa diferencia no es solo estadística. Es política. Porque reducir la magnitud del desplazamiento también reduce el tamaño del fracaso oficial.

Lo que pasa en Chilapa demuestra otra vez que en varias regiones del país el crimen ya no solo disputa rutas o territorios: disputa comunidades enteras, expulsa población y rompe la vida cotidiana a punta de miedo. Cuando una organización puede empujar pueblos completos al exilio interno, lanzar explosivos con drones y sostener ataques durante días, el problema ya no es solo de seguridad. Es de soberanía local destrozada.

Y mientras eso ocurre, el mensaje que sale de las comunidades es desesperado: no piden discursos, piden ayuda urgente. Piden presencia real. Piden que alguien llegue antes de que ya no quede nadie a quien proteger.

Porque en Chilapa la violencia no está tocando la puerta. Ya se metió, ya disparó, ya desplazó familias y ya dejó claro algo espantoso: hay lugares de México donde el Estado sigue llegando después del terror, nunca antes.

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