La propuesta para heredar cuentas digitales abre una discusión necesaria sobre patrimonio, privacidad y el negocio eterno de las plataformas.
Antes, cuando alguien hablaba de herencia, uno pensaba en casas, terrenos, coches, joyas, cuentas bancarias o, en el peor de los casos, deudas familiares y pleitos entre primos. Pero el mundo cambió. Ahora también existe la posibilidad de heredar redes sociales, archivos en la nube, cuentas digitales, plataformas de pago, documentos electrónicos y todo ese universo invisible donde hoy guardamos media vida.
La propuesta que se analiza en la Ciudad de México tiene sentido. Hoy una persona puede tener fotos familiares, contratos, archivos laborales, cuentas con dinero, negocios digitales, criptomonedas, canales monetizados, correos importantes y documentos personales guardados en plataformas. Cuando esa persona muere, muchas familias se topan con un muro: no tienen claves, no tienen autorización, no saben qué se puede recuperar y dependen de reglas internas de empresas que muchas veces están del otro lado del mundo.
Ahí la ley sí llega tarde. Porque nuestra vida digital ya existe, ya tiene valor y ya genera conflictos. Regularla no es capricho moderno; es ponerse al día con una realidad donde el patrimonio también cabe en una contraseña.
Pero, claro, tampoco podemos dejar de hacer la pregunta incómoda: ¿esto es para proteger a las familias o para asegurar que alguien siga pagando la suscripción?
Porque imagínese la escena. La familia reunida con el notario: “A usted le toca la casa, a usted el coche, a usted el álbum familiar… y al sobrino, por ser el más joven, le dejamos el iCloud, el Canva Pro y el paquete familiar de Netflix”.
Suena absurdo, pero no tanto. Las plataformas ya forman parte de la economía doméstica. Hay almacenamiento que se paga, cuentas que facturan, servicios que guardan información clave y perfiles que pueden tener valor económico. En algunos casos, cerrar una cuenta puede significar perder recuerdos; en otros, puede significar perder dinero.
El problema más delicado es la privacidad. Heredar una cuenta no debería significar abrirle la vida completa a otra persona. Una cosa es recuperar fotos familiares o documentos financieros; otra muy distinta es que alguien acceda a chats privados, búsquedas, conversaciones íntimas o archivos que el fallecido quizá nunca quiso compartir.
Por eso esta discusión debe tomarse en serio. No basta con decir “que todo se herede”. Tiene que haber límites, consentimiento, instrucciones claras y mecanismos seguros. La herencia digital no puede convertirse en permiso automático para revisar la vida secreta de alguien.
También nos obliga a pensar algo que casi nadie quiere pensar: deberíamos dejar ordenada nuestra vida digital. Contraseñas, cuentas, instrucciones, qué borrar, qué conservar y quién puede acceder. Suena frío, pero es el nuevo testamento emocional y tecnológico.
Al final, la idea no es mala. De hecho, puede ser necesaria. Pero también retrata una época rarísima: antes uno descansaba en paz. Ahora, antes de irse, también tiene que revisar si canceló la nube, dejó el correo ordenado y no heredó una suscripción eterna.
Morirse ya no alcanza para cerrar sesión.






