El cruce entre Christopher Landau y Arturo Ávila exhibe una contradicción incómoda: el discurso antiimperialista suena fuerte hasta que Estados Unidos pide nombres, firmas y consecuencias.
El episodio entre Christopher Landau, legisladores de Morena y Arturo Ávila parece menor si se mira como una simple pelea en redes. Pero en realidad revela una tensión mucho más profunda: la distancia entre el discurso político que se presume en México y los costos reales que ese discurso puede tener frente a Estados Unidos.
Todo comenzó con un comunicado de legisladores morenistas en respaldo a Raúl Castro, después de las acusaciones del gobierno estadounidense contra el expresidente cubano. El mensaje pudo haber pasado como una expresión más de solidaridad ideológica, de esas que abundan en la política latinoamericana. Pero hubo un detalle que cambió el tono: el comunicado no aparecía firmado individualmente por quienes lo respaldaban.
Ahí entró Christopher Landau, subsecretario de Estado de Estados Unidos y exembajador en México, con una crítica directa: si van a defender públicamente a un régimen como el cubano, háganlo con nombre y apellido. Su frase sobre “asumir las consecuencias” no necesitó mencionar visas para que todos entendieran el mensaje. En la política mexicana actual, la palabra visa ya funciona como advertencia silenciosa.
La respuesta de Arturo Ávila fue rápida. Como vocero de Morena en la Cámara de Diputados, aclaró que el posicionamiento no representaba oficialmente a la bancada y que los pronunciamientos formales solo se emiten por vías institucionales. En lenguaje político, fue un deslinde. En lenguaje de redes, fue un “a mí no me metan”.
Y ahí está la contradicción central. Morena ha construido buena parte de su narrativa desde la crítica al intervencionismo estadounidense, la defensa de la soberanía y la cercanía ideológica con gobiernos como el de Cuba. Pero cuando el reclamo viene desde Washington y aparece la posibilidad de consecuencias personales, el tono cambia. La épica antiimperialista se vuelve oficio aclaratorio.
El caso también muestra cómo ha cambiado la relación de poder. Antes, las polémicas entre México y Estados Unidos se manejaban en cancillerías, comunicados diplomáticos y llamadas privadas. Hoy se tramitan en redes sociales, con funcionarios extranjeros exhibiendo posturas, legisladores tratando de deslindarse y partidos calculando daños en tiempo real.
Arturo Ávila, acostumbrado a estar en el centro del debate público, terminó protagonizando una escena incómoda: no para defender a sus compañeros, sino para marcar distancia. Su aclaración puede entenderse como institucionalmente necesaria, pero políticamente dejó una imagen difícil de borrar: Morena sí puede acompañar ciertos discursos, pero no siempre quiere pagar el costo de firmarlos.
El fondo no es si un legislador puede expresar simpatía por Cuba. Claro que puede. El fondo es si está dispuesto a sostener esa posición cuando del otro lado aparece el gobierno de Estados Unidos pidiendo nombres, responsabilidad y consecuencias.
Porque en política, las convicciones se miden menos cuando salen baratas y más cuando empiezan a incomodar. Y en este caso, la incomodidad no llegó desde la oposición mexicana, sino desde Washington.
Landau no solo criticó un comunicado. Tocó una fibra sensible: la de una clase política que puede gritar soberanía en tribuna, pero se pone nerviosa cuando alguien sugiere revisar la entrada a Estados Unidos.


