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Slim le pasa la factura al poder

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Carlos Slim no rompió con el gobierno, pero sí dejó varios mensajes incómodos: Pemex como el gran problema nacional, el NAIM como oportunidad perdida y Telmex como promesa incumplida.

Carlos Slim no necesita levantar la voz para sacudir la conversación pública. Le basta una conferencia, una frase medida y ese tono tranquilo de quien no está haciendo berrinche, sino inventario. Esta vez, el empresario más poderoso de México puso sobre la mesa tres asuntos que el poder preferiría administrar en silencio: Pemex, el aeropuerto de Texcoco y la televisión de paga para Telmex.

El punto más importante fue Pemex. Slim la describió como uno de los problemas más graves del país, y no es poca cosa. La petrolera que durante décadas fue símbolo de soberanía hoy es también una carga financiera enorme, con baja producción, deuda pesada y proveedores esperando pagos. En otras palabras: el orgullo nacional se parece cada vez más a una maquinaria carísima que no termina de arrancar.

Ahí está el golpe más incómodo. Durante años se defendió a Pemex como si cuestionarla fuera atacar a México. Pero la realidad económica no se resuelve con épica. Si una empresa pública consume recursos, arrastra deudas y no produce al nivel esperado, alguien tiene que decirlo sin disfrazarlo de patriotismo. Slim lo dijo con su estilo: sin escándalo, pero con precisión quirúrgica.

Luego vino el recado a López Obrador. Slim recordó que AMLO le había dicho que sí autorizaría la televisión de paga para Telmex, pero esa promesa nunca se cumplió. El detalle no es menor. Habla de una relación entre poder político y poder económico donde todos negocian, todos esperan algo y todos guardan facturas pendientes. El empresario no rompió con el obradorismo, pero sí dejó claro que también hubo incumplimientos.

Y el tercer mensaje fue Texcoco. Slim volvió a defender el NAIM, el aeropuerto cancelado que se convirtió en símbolo de la ruptura entre el proyecto empresarial y la narrativa política de la 4T. Para él, construirlo hubiera detonado empleo y desarrollo en una zona marginada. Para el obradorismo, cancelarlo fue una victoria política. El problema es que las victorias políticas también tienen costos económicos, y algunos siguen apareciendo años después.

Lo interesante es que Slim no se colocó como opositor frontal. Al contrario, también mandó señales de confianza al gobierno de Claudia Sheinbaum, habló de inversión y reconoció esfuerzos económicos. Ese equilibrio lo dice todo: no quiere pelearse con el poder, quiere recordarle que sus decisiones tienen consecuencias.

La conferencia de Slim fue una radiografía del México real: un país donde Pemex pesa demasiado, donde las obras canceladas siguen persiguiendo al debate público y donde los grandes empresarios no desaparecen del tablero, solo cambian de tono.

Slim no incendió la plaza. Hizo algo más peligroso: puso los números sobre la mesa. Y en política mexicana, a veces los números incomodan más que los gritos.

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