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El silencio también protege

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El caso Gerardo Mérida no solo pone bajo presión a Sinaloa. También exhibe una contradicción política: mientras en México se exige ver pruebas, en Nueva York hablan de evidencia abundante.

El caso de Gerardo Mérida ya dejó de ser una simple audiencia en una corte extranjera. Se convirtió en una grieta política que amenaza con abrir una puerta mucho más incómoda: la de las relaciones entre poder, seguridad y crimen organizado en Sinaloa.

Durante años, la violencia en el estado ha sido tratada como si fuera un fenómeno inevitable, casi natural. Balaceras, desplazamientos, miedo, negocios cerrados, familias encerradas y una ciudadanía obligada a aprender la geografía del terror. Pero cuando Estados Unidos coloca en el centro de una acusación a personajes del círculo político de Sinaloa, la reacción en México no ha sido de alarma institucional, sino de defensa política.

Ahí está el punto delicado.

Mientras en México se insiste en pedir pruebas, en Nueva York una jueza habla de evidencia abundante. Y esa diferencia no es menor. Porque una cosa es exigir debido proceso, que debe respetarse siempre, y otra muy distinta es convertir la presunción de inocencia en un escudo político para no discutir lo evidente: Sinaloa lleva años hundido en una crisis de violencia que no se explica solamente por grupos criminales actuando solos.

El poder no puede lavarse las manos tan fácilmente.

Gerardo Mérida no era un personaje menor. Fue secretario de Seguridad Pública de Sinaloa. Su papel, por definición, era combatir al crimen, coordinar estrategias, proteger a la ciudadanía y sostener el orden público. Por eso el caso pesa tanto. No se trata de un funcionario desconocido ni de una figura decorativa. Se trata de alguien que estuvo cerca del corazón operativo del gobierno estatal.

Y cuando un perfil así aparece en un expediente de Estados Unidos, junto a nombres como Rubén Rocha Moya y Enrique Inzunza, el problema deja de ser únicamente judicial. Se vuelve político, institucional y profundamente incómodo para quienes han intentado cerrar el tema con frases de ocasión.

La pregunta central no es si Estados Unidos actúa por intereses propios. Claro que lo hace. Toda potencia defiende su agenda. Pero eso no borra el contenido del expediente ni elimina el fondo del asunto. Usar el discurso de la soberanía para evitar responder preguntas internas puede ser muy rentable políticamente, pero no resuelve nada para la gente que vive entre retenes, amenazas y funerales.

Sinaloa no necesita discursos defensivos. Necesita verdad.

Porque si Mérida habla, si decide colaborar, si en Nueva York empiezan a aparecer nombres, reuniones, pagos, protección, favores o silencios pactados, el golpe no será solo contra una persona. Será contra toda una narrativa de gobierno.

El país ya ha visto demasiadas veces esta película: primero niegan, luego minimizan, después culpan al extranjero y al final el expediente habla más fuerte que todos.

Hoy el caso está en una corte de Nueva York, pero la sombra cae sobre México.

Y el silencio, cuando dura demasiado, empieza a parecer protección.

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