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La soberanía selectiva de Sheinbaum

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Claudia Sheinbaum exige que nadie intervenga en México, pero opinó sobre la elección colombiana justo cuando el candidato afín a Petro quedó abajo. La contradicción no está en hablar de democracia, sino en usar la soberanía según convenga.

Claudia Sheinbaum ha hecho de la soberanía uno de sus escudos políticos favoritos. Cada vez que desde Estados Unidos se cuestiona algo sobre México, la respuesta aparece casi en automático: no intervención, respeto a los asuntos internos, rechazo a la injerencia extranjera. Y en principio, la defensa de la soberanía nacional es correcta. Ningún país debe aceptar que otro le dicte su agenda.

El problema empieza cuando ese principio se usa de forma selectiva.

Esta vez, Sheinbaum opinó sobre la elección presidencial en Colombia. Lo hizo después de que Gustavo Petro cuestionara el conteo de votos en una primera vuelta donde el candidato de derecha Abelardo de la Espriella quedó arriba y el candidato de izquierda Iván Cepeda, cercano al proyecto político de Petro, quedó abajo. La presidenta mexicana pidió estar atentos al conteo y respaldó la idea de revisar hasta el fondo las denuncias.

A primera vista, alguien podría decir que solo estaba hablando de democracia. Pero el contexto importa. Porque la misma presidenta que se molesta cuando otros opinan sobre México decidió pronunciarse sobre el proceso electoral de otro país justo cuando el resultado no favoreció al bloque ideológico que simpatiza con su gobierno.

Ahí está la contradicción.

Cuando el señalamiento viene de fuera hacia México, es injerencia. Cuando la opinión sale desde México hacia otro país, entonces es preocupación democrática. Cuando se cuestiona una elección mexicana, es guerra sucia. Cuando se cuestiona una elección ajena que no favorece a la izquierda, entonces hay que revisar votos, escuchar denuncias y llegar “hasta lo último”.

La soberanía no puede funcionar así.

O se defiende siempre, o se convierte en herramienta de conveniencia política.

Además, el propio Iván Cepeda bajó el tono al señalar que no había irregularidades suficientes para hablar de fraude. Eso vuelve todavía más delicada la postura de Sheinbaum, porque el mensaje quedó cargado de simpatía política más que de prudencia diplomática.

México puede y debe tener posición internacional. No se trata de guardar silencio absoluto ante todo lo que pasa en el mundo. Pero una cosa es observar con respeto y otra muy distinta es meterse en un proceso electoral ajeno desde la investidura presidencial, especialmente cuando se ha construido una narrativa interna acusando a otros de intervenir en México.

La política exterior necesita coherencia.

Si México exige respeto, también debe practicarlo. Si pide que no se opine de sus elecciones, debe cuidar cómo opina de las elecciones de los demás. Si denuncia injerencia cuando se trata de su gobierno, no puede normalizarla cuando se trata de sus aliados.

Porque el problema no es Colombia.

El problema es el doble discurso.

Sheinbaum no puede abrir el paraguas de la soberanía cuando le conviene y cerrarlo cuando pierde un proyecto afín.

La soberanía no debería ser un discurso de campaña.

Debería ser una regla de Estado.

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