El hallazgo del cuerpo de una mujer en una estructura de concreto en Tijuana vuelve a mostrar una verdad dolorosa: en México, muchas veces son las familias y los colectivos quienes terminan buscando donde las instituciones no llegan.
El hallazgo en Tijuana no puede narrarse como una nota más de violencia. No debería pasar como otro caso estremecedor que circula unas horas, indigna un momento y luego queda sepultado por la siguiente tragedia. Una mujer fue localizada dentro de una estructura de concreto, bajo un viaducto, después de una jornada de rastreo realizada por integrantes del Colectivo de Búsqueda de Baja California.
La imagen es brutal incluso sin describirla de más: personas buscadoras revisando cavidades, siguiendo indicios, acompañando la recuperación y enfrentándose a una verdad que el concreto intentó ocultar. Para sacar el cuerpo fue necesario romper parte de la estructura con maquinaria pesada. Como si la violencia en México no sólo desapareciera personas, sino que también aprendiera a esconderlas dentro del paisaje urbano.
Ese es el punto más duro del caso. No se trata únicamente de dónde fue localizado el cuerpo. Se trata de quién lo encontró.
Otra vez aparecen los colectivos. Otra vez aparecen las familias, las buscadoras, las personas que caminan terrenos, canales, lotes, obras, cerros y estructuras abandonadas con una mezcla de dolor, rabia y esperanza. No buscan estadísticas. Buscan nombres. Buscan respuestas. Buscan cerrar una herida que el Estado, demasiadas veces, deja abierta.
La víctima fue identificada preliminarmente como María Carolina Paniagua, de 41 años, aunque las autoridades aún debían confirmar oficialmente esa información. Ese detalle importa porque cada caso necesita rigor, no sólo impacto. Detrás de cada hallazgo hay una familia que merece certeza, no rumores; justicia, no únicamente titulares.
Tijuana vuelve a aparecer como escenario de una violencia que no se explica sólo con cifras. La frontera concentra historias de migración, crimen, desaparición, precariedad y abandono institucional. Pero cuando una mujer es encontrada en esas condiciones, el caso también obliga a mirar la dimensión de género: la violencia contra las mujeres no termina en el crimen, continúa en la indiferencia, en la lentitud de las investigaciones y en la facilidad con que el horror se normaliza.
Lo más inquietante es que este hallazgo no parece una excepción, sino una advertencia. En México, hay demasiados lugares donde nadie busca hasta que llega un colectivo. Demasiadas familias aprenden a leer la tierra, los olores, las estructuras, los silencios. Demasiadas madres, hermanas e hijas terminan haciendo trabajo de investigación porque la necesidad de encontrar es más fuerte que el miedo.
El concreto puede romperse con maquinaria. Lo que cuesta más romper es la costumbre de vivir rodeados de desapariciones como si fueran parte inevitable del país.
Y no lo son.
Cada hallazgo debería sacudirnos porque detrás de él hay una pregunta que no se puede esquivar: ¿por qué siguen siendo las familias quienes encuentran lo que las autoridades deberían estar buscando?


