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El 2027 ya empezó bajo la sombra del Mundial

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La carrera interna de Morena rumbo a las gubernaturas de 2027 arrancó entre licencias, cálculos de poder y una fiebre mundialista que algunos aspirantes intentan convertir en vitrina política.

El 2027 todavía parece lejano en el calendario, pero en la política mexicana ya comenzó. La convocatoria de Morena, PT y Partido Verde para definir candidaturas a gubernaturas no sólo ordena formalmente la ruta electoral; también adelanta la temporada de movimientos, renuncias calculadas, licencias estratégicas y apariciones cuidadosamente disfrazadas de espontaneidad. Mientras buena parte del país mira el Mundial, la clase política ya juega su propio torneo.

El requisito de separarse del cargo para quienes aspiren a competir dentro de Morena tiene una lectura evidente: evitar que las candidaturas se construyan abiertamente desde el poder público. En teoría, busca cerrar la puerta al uso de recursos institucionales, personal oficial, giras disfrazadas y promoción anticipada. En la práctica, también funciona como primer filtro de ambición. Quien pide licencia está diciendo, sin decirlo del todo, que ya se siente con posibilidades reales.

La cascada de solicitudes confirma que la disputa viene cargada. Nombres con trayectoria legislativa, peso territorial o cercanía con grupos internos comenzaron a moverse. Algunos lo hacen por convicción, otros por cálculo y otros porque saben que en política el que se tarda demasiado en levantar la mano puede terminar aplaudiendo al que sí se animó. La licencia, en este contexto, no es sólo un trámite administrativo: es una declaración de guerra interna.

Pero no todos se mueven igual. El caso de Enrique Inzunza en Sinaloa ilustra otro tipo de cálculo. Durante semanas fue leído como uno de los perfiles naturales para la sucesión; sin embargo, decidió bajarse de la carrera y permanecer en el Senado hasta 2030. Formalmente, el mensaje es de continuidad legislativa. Políticamente, la lectura es más compleja. En un estado atravesado por tensiones, señalamientos y desgaste del grupo gobernante, quedarse puede resultar menos riesgoso que competir. Y nadie en la política mexicana ignora el valor de conservar una posición institucional cuando el entorno se vuelve incómodo.

A la par, el Mundial se convirtió en una pantalla perfecta para el posicionamiento. De pronto, todos son futboleros. Todos aparecen con jersey. Todos celebran goles como si fueran parte de la barra desde niños. El futbol, que debería ser una pausa colectiva, se vuelve también una extensión de la campaña: foto en palco, mensaje patriótico, video de celebración, gesto de cercanía. No se pide el voto, pero se busca presencia. No se declara campaña, pero se trabaja reconocimiento.

Ahí aparece una vieja habilidad de la política mexicana: ocupar cualquier emoción masiva para instalar rostros. Si el país está alegre, los aspirantes quieren salir sonrientes. Si hay triunfo, quieren aparecer cerca del triunfo. Si hay fiebre nacional, quieren confundirse con la multitud. La pasión futbolera se vuelve escenario, y el político entiende que una camiseta puede comunicar más rápido que un discurso.

El problema no es que los aspirantes vean futbol. El problema es cuando la representación pública se convierte en oportunismo permanente. El 2027 ya arrancó y lo hizo con dos pistas simultáneas: una formal, hecha de convocatorias, licencias y encuestas; y otra simbólica, hecha de fotos, palcos y mensajes mundialistas. En México, la campaña nunca espera el silbatazo inicial. Sólo cambia de uniforme.

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