Mario Delgado niega que los 800 millones para Oaxaca fueran un pago a la CNTE. Pero el problema no es invertir en educación: es que el presupuesto aparezca justo cuando se levanta el plantón.
Mario Delgado salió a aclarar que no, que el gobierno no le pagó 800 millones de pesos a la CNTE para levantar el plantón en la Ciudad de México. No fue soborno. No fue premio. No fue “toma tu apoyo y desbloquéame tantito la capital”. No, por favor. Fue educación.
Y claro, dicho así, hasta suena noble. Porque Oaxaca sí necesita inversión educativa. Eso no está a discusión. El estado arrastra uno de los rezagos más duros del país: datos del INEGI ubican a Oaxaca entre las entidades con mayor rezago educativo, con alrededor de tres de cada diez personas en esa condición. Además, buena parte de su realidad escolar pasa por comunidades rurales, indígenas, escuelas multigrado, planteles con carencias y niños que no deberían pagar los costos de ningún pleito político.
Entonces no: el problema no es que lleguen recursos a Oaxaca. Ojalá llegaran más, mejor y sin tener que esperar una crisis nacional para aparecer en la conversación.
El problema es el timing. Esa palabra tan incómoda que en política suele explicar lo que los comunicados intentan esconder.
Porque según la versión oficial, los recursos son para atender rezago, plazas, infraestructura y necesidades educativas. Perfecto. Aplauso. Pero el anuncio cae justo después de semanas de bloqueos, protestas, desgaste, negociación y presión de la CNTE. Es decir, el presupuesto no nació en un escritorio técnico: apareció en medio de una tormenta política.
Y ahí empieza el sarcasmo involuntario. Qué bonito cuando la educación encuentra dinero justo cuando el plantón encuentra salida. Qué maravilla cuando las aulas se vuelven prioridad exactamente en el momento en que el Zócalo necesita despejarse. Qué coincidencia tan educativa, tan presupuestal, tan oportunamente pedagógica.
La presidenta también aclaró que el dinero no se entrega directamente a la CNTE, sino que va a la educación en Oaxaca. Muy bien. Entonces el siguiente paso debería ser facilísimo: transparentar peso por peso. ¿Cuántas escuelas? ¿Qué municipios? ¿Qué obras? ¿Cuántas plazas? ¿Qué calendarios? ¿Quién supervisa? ¿Cuándo se ven los resultados?
Porque si son 800 millones para niñas, niños, maestros y escuelas, que se noten en salones, techos, baños, computadoras, caminos y clases. No en acuerdos que huelen a negociación de emergencia.
La educación en Oaxaca merece recursos. Eso es indiscutible. Pero también merece dignidad institucional: que no parezca moneda de cambio, premio por presión o apagafuegos de plantón.
Porque con la educación no se debería negociar en lo oscurito.
Aunque a veces parezca que hasta el rezago tiene horario de protesta.


