La historia reúne una infracción admitida, una denuncia nunca comprobada en su momento, reclamos arbitrales recientes y una manta política que debe investigarse con reglas iguales.
La calidad de Argentina no está en discusión. Lionel Messi posee un talento extraordinario y la selección ha demostrado una capacidad competitiva que explica sus resultados sin necesidad de imaginar una conspiración. Precisamente por eso, revisar las polémicas no debe convertirse en un ataque nacionalista ni en una negación de sus méritos. El asunto central es la consistencia de la FIFA.
La “Mano de Dios” de 1986 es un hecho confirmado: Diego Maradona anotó con la mano y después convirtió la infracción en una frase histórica. El árbitro no la observó y el gol contó. Cuatro años más tarde, el brasileño Branco denunció que bebió agua ofrecida desde el banco argentino y se sintió mal. En 2005, Maradona afirmó que aquella botella contenía tranquilizantes. La confesión alimentó la sospecha, pero no existió una prueba contemporánea del contenido ni el resultado de Italia 90 fue anulado. Es importante contar ambas partes: la acusación y su límite probatorio.
México ofrece un contraste incómodo. Por registrar jugadores con edades alteradas en un torneo juvenil, el país recibió una suspensión internacional de dos años y quedó fuera del Mundial de 1990. La sanción fue amplia y afectó a una selección mayor que no había cometido la irregularidad en la cancha. El caso de los cachirules demuestra que FIFA puede actuar con enorme severidad cuando decide proteger la integridad de sus competencias.
En 2026 reaparecieron los cuestionamientos. Argelia presentó una queja por decisiones del partido inaugural, incluida una entrada de Messi que consideró merecedora de expulsión. Egipto denunció inconsistencia arbitral después de perder 3-2; Pierluigi Collina defendió públicamente al árbitro y al VAR, explicando las jugadas. Esa respuesta técnica no prueba favoritismo, pero establece un estándar útil: publicar criterios y asumir la controversia.
Después de la semifinal contra Inglaterra, Lisandro Martínez y Giovani Lo Celso exhibieron una manta con la frase “Las Malvinas son Argentinas”. El código de conducta de FIFA prohíbe material político dentro de los estadios. La imagen está documentada y el Gobierno británico pidió una investigación. Aquí no hace falta especular: FIFA debe determinar si existió una infracción y aplicar el mismo criterio que utilizaría con México, Inglaterra, Irán o cualquier otra federación.
El peor error sería concluir que todos los triunfos argentinos son producto de una protección. El segundo peor sería considerar que el talento vuelve irrelevantes las reglas. Argentina no necesita ayuda para ser grande. FIFA, en cambio, necesita demostrar que sus decisiones no dependen del peso de una camiseta. La credibilidad se construye sancionando hechos, descartando acusaciones sin evidencia y explicando cada diferencia con transparencia.


