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El partido de consolación que terminó eclipsando a la final

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Inglaterra y Francia jugaron sin miedo y produjeron diez goles, un triplete de Saka y una nueva marca mundialista de Mbappé.

Inglaterra necesitó perder la posibilidad de ser campeona para recordar cómo se juega sin miedo. En el partido por el tercer lugar derrotó 6-4 a Francia, marcó cuatro veces en la primera mitad y convirtió un encuentro de consolación en la exhibición ofensiva que sus aficionados esperaban durante todo el Mundial.

El resultado dejó una pregunta inevitable sobre la semifinal ante Argentina. Thomas Tuchel había optado por una estructura más cautelosa y Bukayo Saka no tuvo el protagonismo que después mostraría contra Francia. En el partido sin copa, Saka marcó tres goles. La actuación no demuestra que el mismo plan hubiera funcionado en una semifinal, pero sí exhibe el precio de administrar demasiado el talento.

Francia colaboró con el espectáculo. Didier Deschamps cerró su ciclo con un equipo dispuesto a atacar incluso después de recibir cuatro goles. Kylian Mbappé anotó dos, terminó el torneo con diez y elevó su cuenta mundialista a 22, por encima del registro de Lionel Messi. En una tarde de derrota, volvió a ampliar una carrera diseñada para disputar récords que antes parecían reservados a futbolistas de otra época.

El tercer lugar suele considerarse una cita incómoda. Dos selecciones regresan al campo después de perder lo que realmente querían y reciben una medalla que rara vez aparece en sus fotografías favoritas. Esa ausencia de presión puede producir futbol más libre. Los laterales suben, los mediocampistas arriesgan y los delanteros dejan de jugar pendientes del error que podría condenarlos.

La final entre España y Argentina había sido lo contrario: cálculo, interrupciones, una expulsión y un gol hasta el minuto 106. El 6-4 entre Inglaterra y Francia no fue tácticamente perfecto, pero recordó que el futbol también compite por la memoria. Pocos aficionados recitarán cada ajuste defensivo de la final; muchos recordarán los diez goles del partido que supuestamente importaba menos.

Inglaterra consiguió su mejor posición en un Mundial disputado fuera de casa, pero el bronce no elimina la sensación de oportunidad perdida. La plantilla mostró profundidad, velocidad y gol. El problema apareció cuando el torneo exigió decidir entre protegerse o imponer esas virtudes.

Francia se marchó con la Bota de Oro de Mbappé y una defensa desbordada. Inglaterra, con un tercer lugar y un debate que acompañará a Tuchel hasta la Eurocopa de 2028.

El partido sin premio dejó la conclusión más incómoda: cuando ya no había una copa que perder, ambos equipos se atrevieron a jugar como si quisieran ganarla.

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