Trump compartió la final con Mark Carney y al día siguiente resucitó una ley de 1930 para imponer aranceles de 50% a productos canadienses.
La diplomacia de Donald Trump se parece cada vez más a un palco VIP conectado directamente con una oficina de aduanas. El domingo puede compartir sonrisas, fotografías y una premiación; el lunes puede firmar un arancel que convierte la cordialidad en una factura.
Mark Carney, primer ministro de Canadá, acompañó a Trump durante la final del Mundial 2026 en Nueva Jersey. Los tres países anfitriones proyectaron una imagen de cooperación regional junto a Claudia Sheinbaum. Menos de veinticuatro horas después, la Casa Blanca anunció aranceles de 50 por ciento sobre casi 20 mil millones de dólares en importaciones canadienses.
La selección de productos tiene algo de catálogo surrealista: vino, cemento, lácteos, muebles, ropa, piscinas, pelucas, cañas de pescar y palos de hockey. La medida entrará en vigor el 19 de agosto y alcanzará mercancías que, bajo otras condiciones, podrían recibir trato preferencial por el T-MEC. Quedaron fuera sectores estratégicos como energía, potasa, pescado y minerales críticos. Incluso en la confrontación, Washington sabe exactamente qué dependencias no conviene tocar.
Trump recurrió a la Sección 338 de la Ley Arancelaria de 1930. Reuters señala que se trata del primer uso conocido de esa herramienta en casi un siglo. La norma permite imponer gravámenes de hasta 50 por ciento contra países que, a juicio del presidente, discriminan productos estadounidenses. Resucitar una disposición asociada al periodo de las grandes guerras comerciales de los años treinta es una señal más importante que la lista de mercancías: la administración estadounidense está dispuesta a utilizar instrumentos excepcionales para negociar desde la máxima presión.
Canadá sostiene que sus represalias anteriores respondieron a aranceles estadounidenses que violaban el acuerdo norteamericano. Carney asegura que la nueva medida encarecerá productos para las propias familias de Estados Unidos. Trump responde que Ottawa discrimina automóviles, alcohol y lácteos estadounidenses. Ambas partes hablan de reciprocidad mientras levantan barreras cada vez más altas.
La fotografía del Mundial mostró a tres socios. La política comercial revela una relación mucho menos equilibrada. Estados Unidos puede invocar seguridad nacional, leyes antiguas y el tamaño de su mercado; Canadá responde con el T-MEC y con la resistencia de sus provincias. México observa desde una posición especialmente delicada, porque Washington mantiene conversaciones bilaterales con el Gobierno mexicano mientras deja a Canadá fuera de algunas negociaciones.
El episodio también confirma que la cercanía personal con Trump no garantiza estabilidad institucional. La invitación al palco no fue una tregua. Fue una imagen útil para el espectáculo, separada por completo de la presión económica que llegó al día siguiente.
En la era de la diplomacia-espectáculo, las cámaras registran amistad y las aduanas registran la relación real. Carney volvió de la final con una fotografía de anfitrión. Canadá despertó con una ley de 1930 y un recargo de 50 por ciento.






