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El villano que la 4T necesita y el candidato que Salinas parece ensayar

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La confrontación entre Sheinbaum y Salinas Pliego dejó atrás el expediente fiscal y comenzó a funcionar como una maquinaria de polarización adelantada.

Ricardo Salinas Pliego ya no aparece en la conferencia presidencial únicamente como un contribuyente enfrentado con el SAT. En pocos días se convirtió en una figura política recurrente, casi en un personaje fijo de la mañanera. Claudia Sheinbaum cuestionó sus propuestas sobre el voto, sus publicaciones y un repost que pedía la intervención del ICE contra mexicanos reunidos en Nueva York. El empresario respondió con la misma mezcla de ironía, provocación y desprecio que ha convertido sus redes en un programa de opinión sin horario.

El pleito conserva una base fiscal. Hacienda informó que los pagos acumulados al SAT suman 13 mil 900 millones de pesos. Sin embargo, el dinero dejó de ser el centro del espectáculo. La disputa ahora gira alrededor de quién representa al pueblo, quién apuesta contra México y quién tiene derecho a definir los límites de la democracia. El expediente tributario produjo un antagonista; la política comenzó a escribirle un personaje.

La propuesta de Salinas Pliego para impedir que voten quienes reciben apoyos públicos no es solamente una ocurrencia provocadora. Coloca el sufragio bajo una condición económica y convierte un derecho ciudadano en premio al comportamiento que alguien considere correcto. El repost sobre el ICE añadió un elemento todavía más áspero: un empresario mexicano amplificando un mensaje dirigido contra mexicanos en Estados Unidos. Sheinbaum encontró ahí un terreno perfecto para construir contraste.

La columna de Salvador García Soto plantea que detrás de esa radicalización puede estar formándose una ruta hacia 2030 y una intervención previa en las elecciones legislativas de 2027. Salinas no ha presentado una candidatura, pero sus mensajes ya utilizan varios componentes de campaña: un enemigo permanente, un lenguaje de ruptura, una base digital movilizada y la promesa implícita de enfrentar al sistema desde fuera de la política tradicional.

Morena también obtiene beneficios. Un adversario millonario, dueño de medios y dispuesto a lanzar propuestas extremas permite que el partido gobernante se presente como defensor de las mayorías. La mañanera le entrega exposición y, al mismo tiempo, lo utiliza como ejemplo de todo aquello contra lo que dice gobernar. Cada ataque fortalece la narrativa de ambos lados.

El riesgo no está en que dos figuras poderosas discutan. Está en que la conversación pública quede reducida a elegir entre dos extremos que se necesitan mutuamente. Sheinbaum convierte a Salinas en villano; Salinas utiliza al Gobierno como combustible para su personaje antisistema. Mientras tanto, los asuntos concretos —impuestos, regulación, concentración mediática, calidad institucional— desaparecen debajo del ruido.

Lo que comenzó como una cuenta por pagar se parece cada vez más a una precampaña que nadie ha registrado. La elección de 2030 todavía está lejos, pero sus personajes ya encontraron algo más valioso que una candidatura: un enemigo capaz de darles sentido todos los días.

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