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Noruega lleva el chisme a FIFA

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La posible denuncia de Noruega por el caso Balogun no busca cambiar un resultado: cuestiona si una intervención política puede pesar más que el reglamento.

El futbol presume que sus reglas son iguales para todos. Una suspensión automática debería ser, precisamente, automática: el jugador acumula la sanción, se pierde el siguiente partido y el torneo continúa. El caso de Folarin Balogun convirtió esa secuencia sencilla en una disputa sobre poder, influencia y transparencia.

Balogun debía cumplir un encuentro de castigo. La sanción fue pausada y el delantero pudo jugar después de que Donald Trump pidiera públicamente al presidente de FIFA, Gianni Infantino, que interviniera. La coincidencia no prueba por sí misma que la decisión haya sido producto de una llamada política, pero la ausencia de una explicación clara hizo inevitable la sospecha. Cuando una organización modifica el efecto de su propia norma sin mostrar el razonamiento, deja espacio para que el poder ocupe el lugar del reglamento.

La Federación Noruega considera presentar una denuncia ante los órganos de ética de FIFA. Su argumento no se limita al resultado deportivo. Sostiene que una suspensión obligatoria no debía quedar sin efecto y que el episodio amenaza la credibilidad de la competencia. Bélgica también intentó recurrir la decisión, pero FIFA rechazó su acción por falta de legitimidad procesal. El expediente, por tanto, se mueve en un terreno donde la forma jurídica importa tanto como el fondo.

Noruega no recuperará un partido mediante una queja ética. Lo que puede conseguir es obligar a FIFA a explicar quién tomó la decisión, con base en qué norma y bajo qué procedimiento. Esa información debería existir incluso si la suspensión fue pausada correctamente. La transparencia no es una concesión a los equipos inconformes; es el mecanismo que impide que cada resolución polémica parezca un favor personal.

La cercanía entre Trump e Infantino agrava la percepción. FIFA ha construido durante años una relación intensa con gobiernos anfitriones porque necesita seguridad, infraestructura y acuerdos. Esa cooperación es inevitable. El problema comienza cuando la relación política parece entrar al terreno disciplinario. Un presidente puede inaugurar un estadio o recibir una copa. No debería parecer capaz de mover una tarjeta.

El futbol internacional ya enfrenta críticas por calendarios, sedes, derechos humanos y concentración de poder. El caso Balogun añade una pregunta elemental: ¿qué vale más, la norma escrita o el acceso al despacho correcto? Si FIFA permite que la duda permanezca, el daño no será una alineación particular, sino la certeza de que algunos equipos compiten contra rivales y otros también contra contactos.

Noruega llevará el chisme al expediente porque la cancha ya no puede responderlo. FIFA puede cerrar la discusión con documentos, plazos y fundamentos. Si no lo hace, cada futura sanción tendrá una cláusula invisible: válida hasta que telefonee alguien importante.

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